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Canto de entrada

Camina pueblo de Dios.

Saludo del sacerdote

Hermanos, el canto de entrada nos ha recordado que somos caminantes, que vamos por la vida buscando el hogar definitivo, la casa donde podamos descansar y ser felices para siempre; ese hogar y esa casa son los brazos de nuestro Padre Dios. Pero muchas veces hemos equivocado el camino. Hoy queremos experimentar su abrazo, gozar de su ternura y su misericordia. Que la paz del Señor llene nuestro corazón; dispongámonos a celebrar con alegría este encuentro con el Dios de la Misericordia.

Salmo 51

Comenzamos recitando el salmo 51. Es la oración penitencial por excelencia del Antiguo Testamento. El orante reconoce sinceramente su pecado y se presenta ante el Señor en actitud humilde. No aduce excusas, no tiene nada que alegar para justificarse ante Dios. Simplemente recurre confiadamente a su inmensa compasión. Hacemos nuestras las palabras del Salmo, reconociéndonos pecadores pedimos al Señor su misericordia.

(Se habrán repartido copias del Salmo, o se reza repitiendo: Misericordia, Señor, por tu bondad)

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas: 15,1-3.11- 32

La parábola del Padre con dos hijos nos revela cómo somos las personas, marchando de la casa del Padre en busca de una falsa libertad, y como el Padre siempre nos espera con los brazos abiertos, y no le interesan nuestras excusas ni justificaciones sino, únicamente, nuestra vuelta a la casa paterna.

Homilía

Volver a la casa del Padre, ésta debe ser la actitud básica de nuestra vida. En realidad, toda nuestra vida es una vuelta a la casa del Padre. Algunos, como el hijo pequeño, nos alejamos de Dios pensando que vamos a encontrar un mundo mejor; dejamos la casa de Dios y nos metimos de lleno en la casa del dinero, del placer, del egoísmo. Y terminamos descubriendo que no somos felices, que nos falta lo fundamental. Y nos sentimos vacíos a pesar de que quizás tenemos todas las comodidades; y sentimos hambre de pan y de amor. Y los que quizás creemos que nunca nos hemos ido de la casa de Dios, necesitamos, como el hijo mayor, convertirnos a ese corazón de Dios que siempre está dispuesto a acoger, a perdonar, a hacer una fiesta con el hijo perdido. Todos necesitamos emprender el camino de regreso a la casa del Padre. Volver de esas situaciones de pecado en que vivimos, y dejarnos abrazar por el amor misericordioso de nuestro Padre Dios. La casa de Dios es nuestro verdadero hogar, porque el ser humano sólo encuentra el sentido de su vida cuando es capaz de mirar a los demás como hermanos y a Dios como Padre. Ojalá salgamos de esta celebración con el corazón lleno de paz.

Examen de conciencia

- Como el hijo menor nos hemos alejado de Dios:

· por el olvido. No guardamos su palabra. No vivimos en su presencia. Nuestra oración es escasa, rutinaria. No hay verdadero diálogo con Dios. No estamos a la escucha.

· por los apegos a las cosas. Estamos ocupados y preocupados por tener más y más. Dinero, comodidad, placeres, cosas... Sentimos nuestro corazón vacío y creemos que llenándolo de cosas podremos calmar la sed de plenitud que tenemos.

· por la dureza de corazón. Nos hemos hecho insensibles al sufrimiento ajeno. Preferimos encerrarnos en nuestro mundo. La solidaridad es cosa de tontos, la compasión es cosa de débiles. Lo que cuenta es ser el primero. El pobre y el débil que se aguanten.

· por la vaciedad con que vivimos. Hemos dejado perder los valores y la moral. Consideramos que todo se puede hacer mientras no te pillen. Cada uno es libre de hacer lo que quiera mientras no se meta con el vecino. Y de trabajar para cambiar el mundo, nada. ¡Que lo arreglen otros!

- También como el hijo mayor, puede que, viviendo en casa del Padre, estemos alejados de Dios:

· por la crítica despiadada y los juicios. Juzgamos a los demás, vemos siempre sus defectos. Criticamos una y otra vez, y no descansamos hasta hacer polvo la fama y dignidad de las personas.

· por la envidia. No soportamos que el otro tenga algo bueno. Sentimos envidia de todo. Somos mezquinos, incapaces de alegrarnos con el bien ajeno.

· por la cobardía. Cobardes para testimoniar nuestro cristianismo, para desmarcarnos de lo que se lleva, del qué dirán, para reconocernos pecadores y necesitados de perdón y misericordia.

· por la falta de misericordia. Somos cristianos, venimos a misa, participamos en los sacramentos, pero nuestro corazón está lejos del corazón del Padre que hace llover sobre buenos y malos, que acoge a los pecadores y perdona a sus hijos.

Silencio

Música ambiental; en este momento pueden hacerse las confesiones individuales.

Confesión general

Recordando hermanos, la bondad de Dios, nuestro Padre, confesemos nuestros pecados, para alcanzar su misericordia y perdón. Yo confieso…

· Perdón Señor, porque muchas veces hemos olvidado que somos tus hijos. Perdón también por olvidar que los demás son nuestros hermanos. R/: Perdón Señor, perdón

· Perdón Padre por gastar nuestra vida en cosas inútiles, por dejarnos llevar por los vicios, y por olvidarnos de ti. R/: Perdón Señor, perdón

· Perdón Señor, por nuestra mediocridad, por nuestra falta de testimonio, por nuestra falta de caridad y solidaridad con todos los hombres, nuestros hermanos. R/: Perdón Señor, perdón

Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna. Amén.

Padrenuestro

Con las mismas palabras que Cristo nos enseñó, pidamos a Dios Padre que perdone nuestros pecados y nos libre de todo mal. Padrenuestro...

Signo evangélico

Recordando el abrazo que el Padre da a su hijo, vamos a repetir entre nosotros ese abrazo; mientras tanto cantamos: Sí me levantaré, volveré junto a mi Padre.

Oración final

Padre, me pongo en tus manos. Haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea, te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal que tu plan vaya adelante en toda la humanidad y en mí. Ilumina mi vida con la luz de Jesús. No vino a ser servido, sino a servir. Que mi vida sea como la de Él: servir. Grano de trigo que muere en el surco del mundo. Que sea así de verdad, Padre. Te confío mi vida. Te la doy. Condúceme. Envíame aquel Espíritu que movía a Jesús. Me pongo en tus  manos, enteramente, sin reservas, con una confianza absoluta porque Tú eres... MI PADRE.


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