Logonuevo

 
 

Este 3 de enero celebramos el 2º Domingo de Navidad y le liturgia nos propone el mismo texto que el día de Navidad, el comienzo del Evangelio de Juan, 1, 1-18.
El texto es complicado y cargado de simbología. Ya sabes, “En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios…”. La teología identifica este pasaje con el nacimiento que recogen los evangelios de Mateo y Lucas. Pero yo creo que va más allá. No sólo se plantea de dónde viene este hombre como lo hacen estos evangelistas, sino que se plantea de dónde viene este Dios. Jesús existe desde el principio junto a Dios y con Él, Dios creó todo. Pero llega un momento de nuestra historia en que Dios decide gratuitamente regalarnos a su Hijo. También identifica a este Hijo con la Luz. Y nos relata cómo hay quienes no la aceptan y quienes sí. Quienes no la aceptan son de la tiniebla y los que la aceptan son llamados hijos de Dios, pero no hijos como lo entendemos nosotros, sino de otra forma. Y ese Dios se hace hombre por amos, por nosotros, por los hijos.
De nuevo, la experiencia de la gratuidad en el amor. Algo que para nosotros resulta casi incomprensible, pero que seguro que hemos experimentado en alguna ocasión. Esa experiencia es la que subyace en este texto. Quienes tenéis hijos, seguro que lo entendéis. Dios se hace hombre para que podamos amarlo, porque como dice Juan en una de sus cartas, nadie puede amar a Dios a quien no ve, si no ama a sus hermanos a quienes ve. Las relaciones de amor se dan con personas, no con ideas, por eso Dios se hace hombre.
¿Con qué te relacionas, con personas o con ideas? ¿Dios es para ti una persona o una idea? ¿Eres capaz de amar a las personas a las que ves?


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