Este 21 de febrero celebramos el 2º Domingo de Cuaresma y leemos el texto de la transfiguración en Lc 9, 28-36. Cuando Jesús coge a Pedro, Juan y Santiago se los lleva a un monte a rezar y allí se aparecen Moisés y Elías, el buenazo de Pedro dice lo de hacer tres tiendas para quedarse en el monte. 
Vemos en Moisés y Elías todo el A.T. que confluye en Cristo y Dios en esta teofanía que nos revela la razón por la que Jesús es el centro de la historia de la salvación: “Este es mi hijo, el escogido, escuchadle”. 
Uno de los temas centrales de toda cuaresma, junto con la conversión es la oración. Ella es el motivo por el que Jesús acude al monte. 
Jesús es un hombre de oración, en los momentos importantes de su vida, se retira para encontrarse con su Padre, por ello Dios mismo ratificaba sus actos. El texto de hoy se sitúa entre los primeros anuncios de la Pasión. De ahí este retiro de Jesús.
La oración en nosotros como en Jesús es el medio por el que podemos descubrir esa voluntad de Dios, que a algunos nos obsesiona. Rezar en el “Padrenuestro”, hágase tu voluntad, implica preocuparse por conocerla. La oración, el diálogo con Dios, y no la mera repetición de fórmulas sin recapacitar en lo que se dice, es lo que nos lleva a descubrir la voluntad de Dios que queremos implantar en este mundo según rezamos en la oración que Jesús nos enseñó.
Las preguntas de hoy no son mías, un amigo me las ha hecho, ¿en qué medida rezo para descubrir a Jesús e ir haciéndome discípulo suyo? ¿No nos estarán sobrando acciones y palabras sin oración y nos faltará intimidad con Dios?