Logonuevo

 
 

Este 24 de abril, celebramos el 5º domingo de pascua y leemos el evangelio de Juan 13, 31-35.
El texto recoge la parte de la última cena de Jesús donde éste se despide de sus discípulos después de que Judas haya salido del Cenáculo, y les muestra su esencia dejándoles como última voluntad el mandamiento del amor que se convertirá desde ese momento en el sello indeleble de los cristianos.
La liturgia nos hace releer estos textos a la luz de la Resurrección, porque con el acontecimiento Pascual adquieren su pleno significado. En alguna ocasión ya me ha tocado hablaros de este mandamiento nuevo, y creo recordar que os decía que era cosa de locos. Pues bien, desde el cirio Pascual es desde donde podemos entender este mandamiento, desde la luz de la Pascua es desde donde se comprende la glorificación de Jesús y de Dios Padre, desde el pregón Pascual es desde donde se entiende que esa glorificación se de en la Cruz, en el lugar del máximo amor, porque nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Ese es el amor que Jesús nos tiene, ese es el amor que ha aprendido del Padre. Porque Jesús nos ha amado así, debemos amar a los demás, tal como nos recodó Benedicto XVI; y la vertiente práctica que nos está proporcionando el papa Francisco.
Este amor es lo que nos hace humanos y, a la par, nos vincula a la trascendencia, a Jesús y por Él a Dios Padre que ha derramado su Espíritu para darnos la fuerza necesaria para cumplir esa última voluntad de Jesús, el AMOR.
Amar como Jesús lo hizo, lo hace, es difícil, pero contamos con numerosas ayudas, utilicémoslas. No desfallezcas cuando veas que no eres capaz de conseguirlo, sigue intentándolo y pregúntate en qué te has podido equivocar.


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