Logonuevo

 
 

El texto es continuación del de la semana pasada, seguimos en el marco del discurso de despedida de Jesús, releído a la luz de la Resurrección. En este Evangelio Jesús revela su unión íntima con el Padre y, en este final de la Pascua, nos anuncia la llegada del Espíritu. Un espíritu que es amor y que nos permite comprender este texto. Todo en él gira en torno al amor y a la paz, una paz que el mundo no puede dar, porque consiste en la presencia espiritual de Dios, por eso el mundo no la puede dar, como os decía estas semanas una paz más allá de la ausencia de guerra o de la tranquilidad psicológica.
Jesús se va, pero, por amor, permanece. Creo que todos hemos podido tener esta experiencia, a todos nos ha faltado una persona a la que queríamos y que, a pesar, de no estar, sigue presente en nuestra vida, en todo lo que hacemos, no sólo en nuestra cabeza, sino en todo nuestro ser.
Este amor nos hace comprender la unión entre el Padre y el Hijo. Creo que en alguna ocasión ya os he dicho que la mejor explicación que he oído de la Trinidad era que el Padre era el amante, el Hijo el amado y el Espíritu el amor. Así que el Espíritu nos hace comprender la relación entre el amante y el amado, el Padre y el Hijo.
Falta hoy la dimensión horizonta en este comentario, pero creo que con la pregunta final podemos dársela.
Sólo amando podemos aprender a amar, sólo amando a los hombres podemos aprender a amar a Jesús, a Dios. ¿Eres capaz de amar a los que tienes a tu alrededor? y a Jesús, ¿sabes amarlo y guardas su palabra por ese amor?


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