El próximo 15 de mayo celebramos Pentecostés, y leemos Juan 20, 19-23. El texto ya lo conocemos, lo leímos durante esta Pascua, pero ahora el acento es distinto, por el contexto litúrgico. Cronológicamente, se sitúa en el mismo día de Pascua. Jesús se aparece estando los discípulos reunidos, les da el regalo de la paz, les envía de la misma manera que el Padre le ha enviado a Él y les deja el don del Espíritu para continuar la misión que Él ha recibido del Padre.
La semana pasada veíamos cómo Jesús se iba al Padre y nos prometía un don para continuar su tarea. Hoy celebramos la entrega de ese don, la recepción de esa fuerza, de ese amor que nos permite continuar su obra, que Juan recoge con la fórmula de perdonar y retener los pecados.
La liturgia nos ofrece hoy, también, el relato del mismo hecho en la versión de Lucas, en el segundo capítulo de los Hechos. Tal vez en un tono más simbólico, las llamas de fuego, el ruido, la capacidad de hablar en lenguas…
El Espíritu es la permanencia de Jesús entre nosotros hoy. Ese amor, esa fuerza, es la que permite a los discípulos salir a la calle, superar el miedo y dar testimonio de lo que acaban de experimentar, que Dios ha ratificado lo que Jesús hizo y dijo resucitándolo. Ese amor les dota de la garantía que hace que aún hoy sigamos confiando en su testimonio. Y por ese mismo amor y su testimonio seamos capaces de continuar la obra de Jesús. Sin esa fuerza no podríamos seguir su misión. Este Espíritu no se compra ni se merece, sinon que sobreviene en la medida en que el discípulo se hace permeable a Dios, a imitación y analogía de Jesús. Con este regalo podemos transformar el mundo, sin él nada nos es posible.