Este 22 de mayo celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad y el texto que nos ofrece la liturgia es Juan 16, 12-15.
De nuevo estamos en los discursos de despedida de Jesús, que se sitúan en torno a la última cena. Jesús les recuerda a sus discípulos que le quedan muchas cosas por enseñarles, pero que aún no están preparados, que necesitan la ayuda del Espíritu para comprenderlo. Este Espíritu le glorificará y transmitirá lo que Él le diga, como Él lo ha recibido del Padre.
En este domingo se nos invita a fijarnos en las tres personas de la divinidad, siempre partiendo de Jesús, es la figura que conocemos, la que se encarnó, la que se hizo uno de nosotros para que pudiésemos comprenderlo, pasando por el Espíritu que nos alienta y anima (en el sentido de darnos el alma) que nos transmite lo que nos sigue comunicando Jesús, para llegar al Padre.
Lo cierto es que alcanzar esta unión, este conocimiento de la divinidad, resulta imposible para el hombre. Creo recordar que en alguna ocasión ya os he comentado que estudiando una asignatura que se llamaba el Misterio de Dios: uno y trino, nos estudiábamos un montón de libros para acabar concluyendo lo que ya veíamos en el título, que es un misterio inabarcable para nosotros. Pero a pesar de ser inabarcable, hay cosas que podemos ir descubriendo, es un proceso en el que, poco a poco, el Espíritu nos ayuda a ir descubriendo aspectos, facetas de ese Dios inefable.
En nuestra relación con Dios, solemos dirigirnos al Hijo, por cercanía, por proximidad, por simpatía, pero os invito a redescubrir la figura del Espíritu. Ese Espíritu que tiene la tarea de acompañarnos en este camino hacia el Padre.