Este 29 de Mayo celebramos la solemnidad del Corpus y la liturgia nos ofrece el episodio de la multiplicación de los panes y de los peces en el Evangelio de Lucas 9, 11-17.
Es curioso, pero al releerlo, me he dado cuenta de la contraposición entre la actitud de Jesús y la primera actitud de los apóstoles. Él anunciando el Reino y haciendo milagros, curando a la gente. Y ellos, dándose cuenta de la situación que se les viene encima, y aportando las soluciones que buenamente se les ocurre. Son incapaces de ver que con la fuerza del Reino también ellos puede hacer más de lo que humanamente se puede. Por un lado reconocen la propia limitación, ¡que ya nos gustaría a muchos, ser capaces de esto! Y por otro, buscan soluciones. Pero la verdadera fuerza del Reino está en la implicación de todos. Jesús para realizar el milagro pide que todos participen, los discípulos y toda la gente que estaba allí.
Una vez, me pasaron un power point de estos que todos recibimos a patadas, al verlo, recogía este hecho… la moraleja, el verdadero milagro es trasnformar el corazón de los hombres para que compartiesen, para que se diesen a los demás, a aquellos que tenían necesidad. La clave de los milagros de Jesús está en compartir, está en la comunidad, en la comunión, en el marco de una tarea apostólica y sanadora. Esto es lo que Cristo nos pide a nosotros hoy, que no tengamos miedo al fracaso, aunque la tarea parezca imposible, que seamos capaces de soñar con la implantación del Reino de Dios, que llevemos a la práctica su Palabra.
Como los discípulos muchas veces somos conscientes de nuestra limitación, pero ¿la utilizamos como excusa para no hacer nada o nos fiamos de Jesús?