Este 5 de junio celebramos el 10º Domingo del Tiempo Ordinario y leemos el texto de Lc 7, 11-17, el pasaje de la viuda de Naín. Jesús siente lástima de la viuda, de su dolor y se acerca a ella para resucitar a su hijo. Y el texto nos dice que la gente decía que Dios había visitado a su pueblo.

Podemos darnos cuenta cómo la misericordia, la compasión de Jesús hace que la gente sienta que Dios está con ellos. La misericordia es muestra de la presencia de Dios. Jesús hace así lo mismo que hicieran Elías y Eliseo.

Dos caminos se cruzan, mientras viuda sale, Jesús entra, y ambos rodeados de mucha gente. Sus miradas se cruzan, la de dolor de la madre, con los ojos cubiertos de lágrimas y la de Jesús que se compadece, que comparte ese dolor, porque para eso ha venido al mundo, para compartir el dolor de la humanidad y hacerlo más llevadero. Y la situación cambia, Jesús, dirigiéndose al muchacho le ordena levantarse. Jesús es el Dios de la Vida.

Con este texto Jesús nos invita a hacernos cercanos a los que sufren para que seamos reflejo, imagen de Dios misericordioso. Nuestra confianza debe estar en el Señor, quien lo puede todo, pero nos necesita para ejecutarlo; ya que él no actúa nunaca contra nuestra voluntad, contra nuestra libertad. Su omnipotencia está condicionada a nuestra voluntad, es una paradoja, otra más, dentro de nuestra fe.

Si queremos seguir en nuestras vidas a Jesús debemos compadecernos como él, ser misericordiosos como él, conmovernos como él, amar como él. Con esto conseguiremos llevar a Dios a quienes nos rodean.