Logonuevo

 
 

Este 15 de enero retomamos el Tiempo Ordinario, celebramos su segundo Domingo, y no es que el primero fuese el pasado, sino que como sabéis la liturgia se reserva una serie de domingos para ponerlos o quitarlos en función de las fechas en las que nos toca celebrar la Semana Santa, y leemos Jn 1, 29-34.

El texto recoge el pasaje en el que Juan reconoce a Jesús y tiene una visión en la que se le manifiesta la identidad de Jesús como Hijo de Dios, como el Cordero pascual que elimina la condición pecadora del mundo.

El pasaje se sitúa en el contexto de la predicación de Juan cuando una delegación de los sacerdotes y escribas de Jerusalén acuden al Jordán para comprobar si Juan es el Mesías, y él les dice que no… que tienen que buscar a otro, y les señala a Jesús.

Al igual que el cordero debía ser sacrificado, para que se produzca en nosotros la liberación del pecado, Cristo debe morir. Dios podría haberlo querido de otra forma, pero eligió esta.

Hemos estado estas semanas fijándonos en un niño que sabíamos que tenía una misión que cumplir. Ha llegado la hora de cumplir esa misión. El Jordán es el punto de inflexión en el que Jesús comienza la instauración del Reino. En el que comienza a asumir la voluntad de Dios Padre, una tarea que le llevará al Gólgota. El trabajo de Juan es señalar a Jesús entre los hombres, y lo hace.

Nosotros compartimos la condición de colaboradores en la construcción del Reino y debemos asumir la voluntad de Dios, tal vez no nos pida lo mismo que a Cristo, pero seguro que nos pide algo. Constantemente pedimos que se haga la voluntad de Dios, pero ¿estamos dispuestos a cumplirla? ¿En qué participamos nosotros en la construcción del Reino?


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