Logonuevo

 
 

El próximo 19 de febrero celebramos el séptimo domingo del tiempo ordinario y continuamos leyendo el sermón de la montaña en el capítulo 5 del evangelio de mateo, vv. 38-48.

Seguimos en el mismo contexto de estas semanas atrás, continúan las enseñanzas en el mismo tono de la semana pasada: habéis oído que se dijo… yo, en cambio, os digo…, yo añado…

Pero en esta ocasión me gustaría centrarme en algo que la semana pasada di por sentado. Las enumeraciones que hace Jesús son a modo de ejemplo, que nadie se crea que es suficiente con presentar la otra mejilla, que hay que dar la capa, que hay que caminar dos millas… la máxima, como les digo a mis alumnos es amar al enemigo, amar al que no me cae bien, al que me odia, ni basta con rezar por los que nos persiguen. La ley exigía amar a los que pertenecían al clan y con los demás, la tradición, fue añadiendo el odio a los enemigos, cuando en realidad no dice nada de eso como podemos comprobar en la primera lectura del Levítico (cfr. Lv 19). La máxima es imitar a Dios en la perfección, en la preocupación por los demás, sean o no de nuestro clan.

Amar a los que nos aman es fácil, no tiene mérito. Como os decía la semana pasada, Jesús nos pide que superemos la ley, que vayamos a la intención de la misma, que vayamos a las intenciones de nuestro corazón, que cambiemos nuestro ser, nuestro corazón de piedra por uno de carne.

Jesús nos pide que imitemos a Dios y que como Él seamos capaces de tratar a todos por igual. Si Él nos dota de libertad, nos la respeta y trata a todos por igual, debemos hacer lo mismo, por qué vamos nosotros a imponer nada.

Y, efectivamente, son máximas, situaciones a las que tender, sé que es difícil, que no siempre nos sale del corazón, pero como todo en esta vida lo podemos ir trabajando y, sobretodo, pidiendo, porque no deja de ser un regalo que Dios nos puede hacer.

¿Cuántas veces le hemos pedido a Dios que nos ayude a cambiar los sentimientos hacia quienes no son de mi grupo?


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