Logonuevo

 
 

Este 2 de abril celebramos el 5º Domingo de Cuaresma y leemos, en la versión larga del texto Jn 11,3-45, la Resurrección de Lázaro. Es el séptimo signo que escribe Juan en su Evangelio, esto es el signo culminante. Pero a pesar de que la liturgia y la tradición nos hablen de resurrección, es más propio hablar de resucitación. Como siempre, especialmente en Juan, los signos están en función de revelar la identidad de Cristo-Jesús. Un Jesús que, en este texto, revela sus dos naturalezas: la humana, llorando y la divina, resucitando a Lázaro.

La experiencia de la muerte es crucial para todos nosotros, lo que ocurre después es un misterio, lo que cada uno de nosotros esperamos de la fe en la resurrección es distinto y las experiencias y sentimientos que genera en nosotros nos configuran la vida. Según afrontemos esta fe nuestra vida se vivirá en la plenitud que nos permite disfrutar el saber que lo esencial no acaba aquí, sino que continúa aunque no sepamos cómo. O, puede hacer que nuestra vida se vaya amargando conforme vamos contemplando la decrepitud de nuestro cuerpo. Sea como sea, el texto de hoy nos invita permanentemente a eso, a creer que nuestra realidad no se acaba en este cuerpo que con el paso de los años se va estropeando, va enfermando y acaba como Lázaro en el sepulcro. Si algo nos enseña nuestra fe es eso… que nuestra vida no acaba en el sepulcro que continúa más allá si creemos en Jesús como el enviado de Dios.

Esa es la Resurrección en la que creo, ese final maravilloso del que hablaba un amigo mío, ese encuentro personal con Dios, esa vida en él, en la Vida, con mayúscula.

¿Qué concepción de la resurrección tengo? ¿Cómo preparo mi corazón para vivir esta Semana Santa, para revivir la Resurrección con mayúsculas que experimentó Cristo?

 

 

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