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Este 5 de febrero celebramos el quinto domingo del tiempo ordinario y la liturgia nos propone, continuando con el sermón de la montaña comenzado la semana pasada, el texto de Mt 5, 13-16.

El Evangelio nos habla de la sal y la luz, pero en sintonía con lo que nos enseñaba la semana pasada, en relación con las bienaventuranzas. Nos dice que la sal tiene una función que no puede realizar si se vuelve sosa, que la luz está para alumbrar. La sal no se suele ver en los alimentos, pero se nota si falta, la sal sirve para conservar y dar sabor. La luz ilumina, guía. Una lámpara tiene que alumbrar a los que habitan la casa. Las buenas obras de las que nos hablan las bienaventuranzas tienen que verse, pero siendo algo normal en las vidas de todos. Debemos dar testimonio con los bienaventurados: con los pobres, con los que sufren, con los que lloran, con los hambrientos, con los misericordiosos, con los limpios, con los que trabajan por la paz, con los perseguidos. Son obras que los demás tienen que ver en nosotros y que dan gloria a Dios.

Estas obras que dan gloria al Padre, que se centran en los demás, en los hermanos, sólo pueden ser correspondencia al amor que experimentamos de ese Padre. Y esto es lo que nos diferencia de los filántropos. Que nuestra preocupación por los demás no nace de nosotros mismos, no surge del simple deseo de ayudar a nuestros iguales, sino que tiene su origen en el amor que hemos experimentado, son correspondencia al mayor de los amores.

Tal vez esto sea lo que nos falta a los cristianos. Ser capaces de dar testimonio sin que se nos note pero notándosenos. Dando testimonio en todos los ámbitos de nuestras vidas, pero sin querer ser protagonistas. Que los demás vean en nosotros un ejemplo a imitar pero, como ocurre con los que señalan a la luna, haciendo ver la luna y no nuestro dedo. ¿Qué pretendemos enseñar, lo que hacemos por los demás o el amor que sentimos y por el que nos dedicamos a los demás?

Este 29 de enero celebramos el 4º Domingo del Tiempo Ordinario y se nos ofrece el Evangelio de Mateo 5, 1-12a. La cita sola debería resultarnos suficiente, el texto es el de las Bienaventuranzas. El comienzo del conocido como Sermón de la Montaña, donde Jesús nos presenta su texto fundamental, su constitución, su programa, las líneas estratégicas de su Reino. Si la semana pasada anuncaba la conversión, esta semana parece querer enseñarnos en qué consiste esa conversión.

Siendo adolescente tuve un profesor de Religión, que luego fue amigo, que me hizo aprender de memoria las bienaventuranzas, lo hizo con un acrónimo (un juego de palabras para recordar lo que nos proponía), “posullohammilimpape”. Creo que la cosa resultó, jamás se me olvidaron, pero me faltaba la consecuencia de cada una de esas bienaventuranzas. Y, en ocasiones, la echo de menos, lo mismo que echo de menos la última, en la que se refiere a nosotros. Y, ¿qué alaba Jesús en ellas? Que no nos apeguemos al dinero, que seamos humildes, que lloremos cuando no se valora a Dios, que busquemos la voluntad de Dios, que seamos misericordiosos, que seamos honestos y que busquemos la paz. En definitiva, que seamos felices. Pero esto conlleva un riesgo, esto no le gusta a la gente, envidian cuando alguién es feliz, por eso la última bienaventuranza: dichosos vosotros cuando os pesigan y os calumnien por mi causa, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Y nada de esto tiene que ver con la resignación cristiana que se empeñan en vendernos. Y sólo desde el odio, la envidia, la mezquindad o la falta de instrucción se puenden tergiversar así las palabras de Jesús. Normalmente, a quienes sufren o son perseguidos por hacer lo que Jesús nos dice no son beatificados con la resignación cristiana, sino condenados con el “él se lo ha buscado”.

¿Qué dicen de nosotros? ¿somos sumisos o reveldes como nos enseña Jesús?

Este 15 de enero retomamos el Tiempo Ordinario, celebramos su segundo Domingo, y no es que el primero fuese el pasado, sino que como sabéis la liturgia se reserva una serie de domingos para ponerlos o quitarlos en función de las fechas en las que nos toca celebrar la Semana Santa, y leemos Jn 1, 29-34.

El texto recoge el pasaje en el que Juan reconoce a Jesús y tiene una visión en la que se le manifiesta la identidad de Jesús como Hijo de Dios, como el Cordero pascual que elimina la condición pecadora del mundo.

El pasaje se sitúa en el contexto de la predicación de Juan cuando una delegación de los sacerdotes y escribas de Jerusalén acuden al Jordán para comprobar si Juan es el Mesías, y él les dice que no… que tienen que buscar a otro, y les señala a Jesús.

Al igual que el cordero debía ser sacrificado, para que se produzca en nosotros la liberación del pecado, Cristo debe morir. Dios podría haberlo querido de otra forma, pero eligió esta.

Hemos estado estas semanas fijándonos en un niño que sabíamos que tenía una misión que cumplir. Ha llegado la hora de cumplir esa misión. El Jordán es el punto de inflexión en el que Jesús comienza la instauración del Reino. En el que comienza a asumir la voluntad de Dios Padre, una tarea que le llevará al Gólgota. El trabajo de Juan es señalar a Jesús entre los hombres, y lo hace.

Nosotros compartimos la condición de colaboradores en la construcción del Reino y debemos asumir la voluntad de Dios, tal vez no nos pida lo mismo que a Cristo, pero seguro que nos pide algo. Constantemente pedimos que se haga la voluntad de Dios, pero ¿estamos dispuestos a cumplirla? ¿En qué participamos nosotros en la construcción del Reino?

Este 22 de enero celebramos el 3er. Domingo del Tiempo Ordianario y leemos el Evangelio de Mateo 4, 12-23. El texto recoge el momento en que Jesús va a establecerse a Cafarnaún, comienza su predicación y en el camino comienza a llamar a los que serán sus apóstoles.
Dos cosas llaman la atención de este pasaje. La primera el mensaje de Jesús, sencillo, breve, contundente, el reino de los cielos está cerca, y eso tiene que hacernos cambiar nuestra forma de ser, debemos abandonar nuestros egoísmos, darnos a los demás, dejar de preocuparnos por cosas que no tienen importancia y fijarnos en las necesidades de quienes tenemos alrededor. Y, por otro lado, el poder convicción, la personalidad atrayente de quien portaba este mensaje. Yo no sé vosotros, pero si cualquiera que me viniese con un mensaje así, me dijese que le siguiese, la llevaría clara. Está claro cuál era el mensaje, pero cómo lo presentaría para que unos pescadores que estaban ganándose la vida honradamente, lo dejasen todo por ir tras él. Y, a lo largo de su vida pública no dejó a nadie indiferente, por un motivo u otro.
Por desgracia, no contamos con su presencia física entre nosotros para que nos atraiga de esa forma. Pero su mensaje sigue vivo, y él también. A veces, quienes nos lo presentan lo hacen, con buena intención, de forma torpe. Pero debemos saber mirar más allá de esas limitaciones humanas y aprender a ver en ellos al mismo Jesús que camina entre nosotros. Sólo una pregunta: ¿Somos conscientes que Jesús está a nuestro lado y que es él quien pone en quienes propagan su mensaje esas palabras, somos conscientes que está vivo a nuestro lado y que es él quien inspira en nosotros las palabras adecuadas para consolar, acompañar, ayudar…?

Este 8 de enero celebramos el Bautismo del Señor y leemos Mateo 3,13-17. Jesús baja al Jordán para ser bautizado por Juan para cumplir la voluntad de Dios, a riesgo de que lo confundiesen con un pecador. Y Dios aprovecha el momento para manifestarse, para la teofanía en la que dice: “Este es mi hijo, el amado, mi predilecto”.

Prescindimos de las implicaciones veterotestamentarias del texto, en las que un judío ve la similitud con el Génesis donde el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas vírgenes y con la Palabra comenzaba la Creación, para fijarnos en el hecho del Bautismo.

El diálogo con Juan se centra en el cumplimiento de la voluntad de Dios, denotando así el compromiso con el movimiento bautista del momento, con la necesidad de cambio, pero no de un cambio político, no de un cambio social sin más; sino de un cambio desde el interior de la persona, un cambio de los planteamientos de fondo que cambiarán la sociedad.

En múltiples ocasiones me encuentro con bautizados que para nada son conscientes de lo que su bautismo supone, según este Evangelio: el bautismo de Jesús es cumplimiento de la voluntad de Dios, es recepción del Espíritu y colaboración con él, es asumir la condición de Hijo de Dios. ¿Y el nuestro?

Pocas veces nos sentimos comprometidos por nuestra condición de bautizados en nuestro obrar diario, sin ser conscientes que en él nos comprometimos con el plan salvífico de Dios, con la construcción de su Reino, con la transformación de la realidad que vivimos. Sabiéndonos hijos de un mismo Padre, es raro que pensemos que con aquellos con quienes nos relacionamos son nuestros hermanos, que debemos compartir sus sufrimientos y sus alegrías.

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