Logonuevo

 
 

El próximo 27 de noviembre celebramos el 1er Domingo de Adviento, cambiamos de ciclo y el evangelista que nos va a acompañar en este año litúrgico es Mateo, en esta ocasión capítulo 24, vv. 37-44.

El texto recoge ese momento en que Jesús, utiliza una comparación con el A. T. para explicar la segunda llegada de Jesús. Para explicar que su llegada será cuando menos nos pensemos y que no hará distingos de personas. En estos días me toca contarles a mis alumnos el tema de la dignidad de la persona y creo que este texto les iluminaría que, en esa situación, todos seremos iguales.

El texto comienza a introducirnos en la dinámica de preparación, de purificación en la que debemos entrar para recibir, “como Dios manda”, a Cristo. Cada año nos encontramos con esta venida, con el revivir la primera venida de Jesús esperando la segunda. Me viene a la mente esa aclamación a la consagración que rara vez repetimos: Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este vino, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas. Como para la primera, la segunda venida será inesperada y ante ella todos seremos iguales. Un amigo compara este texto con el del Juicio del cap. 25 de Mateo, en él se nos dice cómo será ese Juicio, cómo debemos prepararnos para la venida. Y, curiosamente no habla de oraciones ni de ir a misa, sino de hacer el bien a los que tenemos alrededor. Ya sabéis… “venid, benditos de mi Padre… porque tuve hambre y me disteis de comer…”

¿Cómo me preparo para la venida de Jesús a mi vida? ¿Realmente quiero que venga a mi vida? ¿Es un don que pido o me creo tan autosuficiente que ya lo tengo?

Este 20 de noviembre celebramos la solemnidad de Cristo Rey del Universo y leemos Lc 23, 35-43. El texto nos relata el episodio de Jesús con los dos ladrones en la cruz y la redacción del letrero que le pusieron con el motivo de la muerte.

De nuevo nos encontramos con la irracionalidad del mensaje cristiano, con la paradoja. El Rey crucificado, el poder en la humildad, la vida en la muerte, la salvación en el dolor… y, todo ello, por un amor eterno. El Gólgota es el cúlmen de la expresión del amor de Jesús a todos los que en el Evangelio de Lucas han aparecido como marginados. En el buen ladron se concentran todos los que a lo largo de su vida se han ido cruzando con él y han ido siendo salvados. En él alcanzan la salvación. “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso”. Y en ese malechor en el que se concentran todos los marginados se redime el primer pecado. Porque lo que motivó la expulsión de ese paríso fue precisamente, no recococer nuestra condición de pecadores, si revisamos el relato del Génesis veremos cómo cuando Dios pregunta por qué han comido del árbol prohibido la contestación es echar la culpa al otro, el hombre a la mujer y la mujer a la serpiente.

Es lo mismo que les ocurre a mis alumnos, cuando uno aprueba, dice que ha aprobado; y cuando suspende, dice que yo le he suspendido. La cuestión es no asumir la responsabildiad de nuestros actos, de nuestros pecados. Si nos presentamos ante Dios como pecadores él nos perdonará y salvará. Si, de forma soberbia, nos intentamos liberar de la culpa (“Sálvate a ti mismo y a nosotros”, dice el otro ladrón), pretendemos que nuestros actos no tengan consecuencias; entonces, nos condenamos.

¿Te inhibes de la responsabilidad o la reconoces? ¿te sabes pecador ante Dios o pretendes que te salve porque tienes dercho a ello?

El próximo 7 de noviembre celebramos el 32º Domingo del Tiempo Ordinario, empezamos a acercarnos al final de año litúrgico y eso se nota en los textos que nos ofrece la liturgia, son textosque se refieren a nuestro final, como este de Lc 20, 27-38.

El evangelio recoge el pasaje en el que los saduceos quieren “pillar” a Jesús en el tema de la resurrección y le plantean una cuestión relacionada con la ley del levirato instituida por Moisés, esta ley obliga al cuñado a dar descendencia a la viuda de su hermano. Ellos se plantean que si una mujer se casa con varios hermanos, cuando resucite de quién será mujer. Y Jesús, sabiendo que lo único que les valía a los saduceos eran las palabras de la ley mosaica, recurre a esa ley, recordando que el propio Moisés dice que Dios es el Dios de Abraham, Isaac y Jabob, y que Dios es un Dios de vivos y no de muertos, con lo que rebate los argumentos de los saduceos.

El planteamiento que nos hace el texto de hoy nos obliga a cuestionarnos nuestra fe en la resurrección.

El otro día preparando estos textos con gente de la parroquia la gente se cuestionaba cómo funcionaba eso de la resurrección, cómo iba a ser. Y otra persona del grupo le respondió: dejemos a Dios ser Dios. Hagamos lo que consideramos que tenemos que hacer y olvidémonos de escatologías, dejémonos de preocuparnos de las cosas de las que no sabemos., tenemos una serie de artículos en nuestro credo que nos deben resultar suficientes: sabemos que resucitaremos y que tendremos una vida futura, no como esta (gracias a Dios) sino vida en Dios. Porque nuestro Dios es un Dios de vivos.

¿Vives convencido de estas verdades o sólo son ideología? ¿Y, en qué lo notan los demás o sólo es algo que se queda en mi cabeza?

Este 13 de noviembre celebramos el 33er Domingo del Tiempo Ordinario y leemos Lc 21, 5-19.

El texto sigue en la línea escatológica de la semana pasada, recoge el momento en el que Jesús anuncia la destrucción del Templo de Jerusalén y habla del fin de los tiempos. Cuando los falsos profetas anuncien que está cerca, no os preocupéis. Cuando veamos los signos que menciona el texto, entonces aún nos queda tiempo, pero no debemos preocuparnos por defendernos, Él nos inspirará la palabra oportuna, todos nos traicionarán y odiarán por Él. Pero hay una esperanza, ni un pelo de nuestra cabeza caerá, si nos mantenemos fieles nos salvaremos.

El evangelio pretende darnos fuerzas, Jesús nos consuela, a pesar de todo, Dios está a nuestro lado. Aunque parezca que las cosas nos van cada día de mal en peor, Él nos salvará. La fe, la confianza en Jesucristo lo puede todo. Lucas escribe para una comunidad que necesita esa fortaleza, pero también para nosotros hoy. Jesús nos habla no del final, sino del tiempo intermedio, de nuestro hoy, todas esas persecuciones, traiciones, odio… se nos presentarán antes del final, tal vez para probar nuestra fe, para probar que de verdad somos merecedores de la salvación, no podremos quedarnos quietos, como recuerda Pablo a los Tesalonicenses.

Si hay algo que realmente nos aporta el hecho de ser cristianos es el profundo sentimiento de libertad que nos acompaña. Digo libertad, porque cuando realmente te crees el mensaje de Cristo te das cuenta que lo que realmente importa es la relación de amor que mantienes con Él, eso te permite poder decir las cosas sin ataduras, como lo hizo Jesús. Ese sentimiento es el que nos ayuda a mantenernos firmes para alcanzar la vida con mayúsculas. Por otro lado, debemos tener claro que la fidelidad al mensaje de Cristo nos costará granjearnos alguna enemistad, porque en quienes no lo entienden, escuece.

Tu y yo, ¿seremos capaces de superar las pruebas?

El próximo 30 de octubre celebramos el trigésimo primer Domingo del Tiempo Ordinario y la liturgia nos ofrece el pasaje del encuentro de Zaqueo con Jesús en Lc 19, 1-10.

Un Zaqueo pequeño, que siente curiosidad por ver a Jesús, y que se sube a la higuera para verle; un encuentro que es más bien un encontronazo; y un cambio radical, de colaboracionista con los romanos, recaudador de impuestos a repartidor de lo que tiene con los necesitados y restituidor de lo defraudado a sus compatriotas.

En alguna ocasión ya hemos visto las experiencias de cambio que supone el encontrarse con Jesús, en este texto son evidentes; pero quiero fijarme en la dinámica de la relación, en cómo se produce ese encuentro.

El encuentro con Jesús siempre es de la misma forma, debemos tener cierta disposición, estar atentos, que la búsqueda de Jesús nos suponga cierta inquietud. Jesús está ahí para nosotros, está a nuestra disposición. Una vez que se produce este primer encuentro, la dinámica funciona por sí sola si se mantiene esa actitud de búsqueda. Y, a partir, de ahí se produce el cambio. Un cambio que transforma a toda la persona. Una transformación liberadora, que nos permite liberarnos de aquello que nos sobra para acabar siendo felices. Esa es nuestra vocación, Jesús nos llama para ser felices, libres, que nuestro seguimiento nos lleve a ser felices y libres, importándole poco al propio Jesús que murmuren de él por ir a comer con pecadores.

La perícopa de hoy nos enseña los efectos de ese encuentro: la felicidad de Zaqueo, el cambio de vida, la restitución de lo obtenido por su oficio oprimiendo a sus hermanos y colaborando con el Imperio Romano, y el compartir con los necesitados aquello de lo que se dispone. ¿Qué supone para ti el encuentro con Jesús? ¿Cómo ha sido tu encuentro con él?

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