Logonuevo

 
 

El próximo 14 de agosto celebramos el 20º domingo del tiempo ordinario y la liturgia nos propone el texto de Lc 12, 49-53.

Es un texto que nos soprende, sobretodo a los que se dedican a anunciar el mensaje de Jesús más como una filosofía que como una religión, más como una filantropía que como una religión; y que las más de las veces rechazan. Lo cierto es que el mensaje de Jesús no puede estar cargado de buenismos, es un mensaje radical, duro, que en muchas ocasiones va a exigir el enfrentamiento. Jesús no quiere de nosotros pasividad, sino acción, y acción en coherencia con nuestras ideas y con nuestra fe.  

En el texto se nos muestra de verdad Dios, nos dice lo que quiere y cómo lo quiere, su objetivo y su método. Sin engañarnos, sin herirnos, pero clarito.

¿Tengo miedo a la radicalidad del mensaje del Reino de Dios? ¿Desvirtúo ese mensaje diluyéndolo en filantropías?

 

 

Este 7 de agosto celebramos el 19º Domingo del Tiempo Ordinario y leemos Lc 12, 32-48.

El texto tiene dos partes diferenciadas, por un lado la invitación a ser valientes y a hacer de Dios el motor de nuestras vidas, y por otro recoge varias enseñanzas escatológicas de Jesús, a permanecer vigilantes porque en cualquier momento, como decía la semana pasada nos pueden pedir cuentas.

Tal vez dos frases destaquen por su fuerza. Una de ellas que os repito de una u otra forma casi todos los domingos: "Donde está tu corazón allí está tu tesoro", y lo que sale del corazón son las intenciones, los afectos... Y la segunda: "Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá", y os tengo que confesar que ésta es una frase que personalmente me persigue. Tal vez porque siento que se me ha dado mucho, que he recibido de Dios millones de regalos a lo largo de mi vida: formación, familia, amor, amistad, personas que se han cruzado en mi vida... y, por ello, sé que se me exigirá más que a muchos otros y esto lo vivo como una responsabilidad. El mismo Evangelio me dice cómo hacerlo: "Dad gratis lo que habéis recibido gratis". Por eso, cada regalo que siento que recibo de Dios, tengo que tratar de compartirlo con los demás. Y creo que aquí está la clave del Evangelio, lo que nos llevará a la implantación del Reino de Dios. Cuando hay campañas en el colegio, les digo a los chavales que tienen que aportar algo por justicia, no por caridad. Porque ellos tienen un concepto de caridad distinto al nuestro. Pero la idea es que acaben haciéndolo por Caridad, entendida como lo hace san Pablo en 1Cor, por Amor, porque el amor va más allá que la justicia. Por justicia, nadie es capaz de dar la vida por los demás, pero por amor sí.

¿Qué anida en tu corazón, amor o justicia? ¿Qué sientes que se te ha dado?

 

 

Este 24 de julio celebramos el 17º Domingo del tiempo ordinario y la lituragia nos propone el texto de Lc 11, 1-13.

Es un texto largo denso, comienza con Jesús orando y cuando vuelve se pone a enseñar. Lo primero que vemos es que antes de ponerse a enseñar se retira a orar. Lo primero que comparte con ellos es la oración del padre nuestro, con sus siete peticiones; y después comienza con una serie de parábolas en las que nos enseña la necesidad de la insistencia en la oración, la necesidad de la constacia. Una constancia que es necesaria para que nuestra oración sea eficaz, tal y como nos recuerda el papa Francisco cuando dijo: “Cuando todo parece oscuro entonces aprendé a pelarte las rodillas ante el Sagrario. Él Jesús, jamás defrauda” en la homilía de consagración de un obispo.

La enseñanza fundamental del texto: si queremos anunciar a Dios no podemos anunciarnos a nosotros mismos, no podemos utilizarlo para nuestros intereses. En la oración no sólo debemos pedir, también debemos saber escuchar, estar dispuestos; la oración no es lo que yo diga, sino lo que Dios nos dice. Y, por otro lado, tener la convicción de que Él nos concederá aquello que de verdad necesitamos, aquello que es bueno para nosotros, porque Él sí que es verdadero Padre que se preocupa por nosotros.

¿Qué tiempo dedico a la oración? y no me refiero a la cantidad, sino a la calidad del mismo. ¿Qué pido en la oración? ¿Dedico tiempo para escuchar lo que me dice Dios en la oración o me limito a la verborrea? 

Este 31 de julio celebramos el 18º Domingo del Tiempo Ordinario y leemos Lc 12, 13-21.

El texto recoge una enseñanza de Jesús propia de Lucasuna enseñanza sobre el corazón del hombre, sobre lo que aloja ese corazón. No es que sea malo tener bienes, no es que sea malo disfrutarlos. Lo que Jesús critica es la actitud, la avaricia. El evangelista nos enseña mediante una parábola que la avaricia corrompe el corazón del hombre, lo separa de Dios. La vida, lo importante de la vida no lo dan los bienes. Sabéis que me gusta el refranero: "el dinero no da la felicidad". Y ello, con la imagen plástica de la parábola, el cuento ejemplificante de un agricultor. Para enseñar a un hombre que le pide que dirima en un asunto de herencias.

No sólo importan los bienes, hay cosas mucho más importantes, cosas relacionadas con la trascendencia, con lo que nos supera: la amistad, el amor, las relaciones con los demás y con Dios.

La cuestión central vuelve a ser la misma de otras tantas veces, dónde ponemos el corazón, nuestra confianza, en el dinero o en Dios. A Dios no le podemos pedir que nos ayude en estos temas pero sí que le podemos pedir que nos ilumine para tomar las decisiones adecuadas.

¿Para qué nos acordamos de Dios, para que nos solucione los problemas o para que nos ilumine ante ellos?

El próximo 18 de julio celebramos el 16 Domingo del Tiempo Ordinario y leemos Lc 10, 38-42.

El Evangelio narra episodio en el que Jesús está en casa de Marta y María, y mientras aquella se desvive por atenderlo, María se queda junto a Él escuchándole. Cuando Marta le pide que la reprenda Jesús le dice que ella ha escogido la mejor parte, la que nadie puede arrebatarle.

El relato refleja las dos posturas de nuestra fe. La contemplación y la acción.

Pero, el fijarnos en este texto olvidándonos del de la semana pasada es un error. El de hoy, apreciado de forma aislada nos daría pie a afirmar que la mejor opción es la de María, quedarse a los pies del Señor Jesús contemplándolo, escuchándolo. Y, que la actitud de Marta no resulta grata a sus ojos.

Sin embargo, si lo apreciamos en conjunto con el texto del buen samaritano nos encontramos con que ambos carismas son igualmente necesarios, resultan complementarios. La escucha de Jesús debe llevarnos a desvivirnos por los hermanos, y el desvivirnos por los hermanos debe llevarnos a escuchar al Señor en ellos. Al fin y al cabo, ¿no es este equilibrio el que han conseguido aquellos a quienes llamamos santos? En el equilibrio está la virtud.

En ello se basa la misión de Teresa de Calcuta, y de muchos otros, en ver en la Eucaristía a aquellos a quienes atendía y atender a estos como si fuesen el mismo Cristo. El día que nosotros seamos capaces de hacer esto, podremos decir que estamos construyendo el Reino de Dios, que lo estamos implantando en nuestro mundo. Haremos que el ya, pero todavía no, sea más “ya”.

¿A qué dedicas tu vida? ¿Lo que haces lo haces viendo en los demás a Cristo? ¿La escucha de la Palabra de Dios te lleva a los demás? Si no es así, no hemos entendido nada.

twitter

Síguenos en twitter

 

facebook