Logonuevo

 
 

El próximo 10 de julio celebramos el 15 Domingo del Tiempo Ordinario y leemos 10, 25-37.

Todos conocemos el relato del Buen Samaritano. La parábola viene precedida por una perícopa en la que un Maestro de la Ley le pregunta a Jesús sobre qué debía hacer para obtener la vida eterna. Jesús le devuelve la pregunta y él le dice que la Ley se reduce a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Pero el maestro de la ley va un paso más allá, quiere justificar su inoperancia, y entonces Jesús introduce la parábola del Buen Samaritano, poniendo rostro al prójimo, y no se trata tanto de quién es el prójimo, sino de quién se comporta como el prójimo.

Hubo un amigo que me dijo que el prójimo era el próximo, el que estaba a tu lado en este momento, y es cierto, pero creo que la cosa va más allá. La implantación del Reino de Dios supone dar gratis el amor que hemos recibido de Dios gratuitamente. Y el refranero popular continúa dándonos pistas para el silogismo. Si para obtener la vida eterna tengo que amar al Dios y al prójimo, y tengo que darlo gratuitamente a aquellos que se aproximan a mí, tendré que demostrarlo, y aquí entra el refranero: “obras son amores y no buenas intenciones”. Nuestro amor debe demostrarse como el del Samaritano, sin miedo en el acercamiento a la persona, sin prejuicios, con amor. El texto, al principio y al final, usa el verbo “hacer”. El amor se demuestra con hechos. Esta es la esencia de todo el Evangelio, de toda la Buena Noticia.

La pregunta de fondo no es tanto quién es mi prójimo, no se trata de algo que se quede en la cabeza; sino que debe ser con quién me comporto como prójimo, debemos pasar de lo conceptual a lo relacional. Apunto una idea más: el amor a Dios y al prójimo están en un mismo nivel de importancia, uno no se da sin el otro, como nos recordará la 1ª carta de Juan.

¿Te quedas preguntándote quién es tu prójimo o te comportas con quienes te rodeas como tu prójimo?

Este 3 de julio celebramos el 14º Domingo del Tiempo Ordinario y leemos Lc 10, 1-12.17-20. El texto recoge el momento en el que Jesús envía a setenta y dos discípulos, de dos en dos, llevando la paz a los pueblos y que, según la reacción, de las personas se queden allí, curando y anunciando el Reino o se vayan sacudiéndose el polvo de las sandalias, pero avisando de la llegada del Reino. Al final, aparecen las reacciones de los discípulos y de Jesús, a la vuelta de aquellos.

En esta ocasión el Evangelio es claro… nos revela cuál es nuestra misión en este mundo. Todos los seguidores de Jesús participamos de esta misión. Nuestro deber como cristianos es anunciar lo mismo que estos setenta y dos, que el Reino de Dios se aproxima. No estamos para ser buenos, estamos para anunciar el Reino. La misión no es fácil, se nos envía como ovejas en medio de lobos. El peligro hoy es evidente. En nuestra sociedad, corremos el riesgo de creernos que nuestra función es ser buenos. Sinceramente, creo que la misión de transmitir la llegada del Reino sólo se puede hacer de una forma: haciendo ver que ese Reino está presente en nosotros, que nosotros ya vivimos en él. Tal vez me preguntéis ¿cómo? Sólo cabe una respuesta: AMANDO. Volvemos al refranero popular: “Obras son amores y no buenas intenciones”. Las más de las veces podemos creernos que basta con ser buenos, pero no podemos engañarnos, sólo amando a los demás con nuestras obras podremos hacerles ver que el Reino está entre nosotros.

Un par de preguntillas: ¿Demuestras la presencia del Reino amando o vas por la vida con cara de amargado? ¿Dónde repartes amor, felicidad, justicia, paz y bondad?

Este 19 de junio celebramos el 12º Domingo del Tiempo Ordinario y leemos el Evangelio de Lucas 9, 18-24.

El texto recoge un momento de oración de Jesús con sus discípulos que interrumpe para preguntarles quién piensa la gente que es y quién piensan ellos que es. Pedro le contesta que es el Mesías. Jesús toma la palara para desvelar el tipo de mesianismo que ha elegido. El mesianismo del siervo doliente, el mesianismo que nos transmite Lucas, el Mesías de los pobres, de los marginados, de los que sufren. El mesianismo de la cruz.

La semana pasada veíamos como la clave del Evangelio pasa por el amor. Pero es un Amor con mayúscula, un amor que invita incluso a la negación de uno mismo. Estoy seguro que los padres y madres me entendéis. Es ese Amor que hace que, por nuestros hijos, seamos capaces de hacer cualquier cosa, que nos olvidemos de nosotros mismos por ellos, que podamos dar la vida por ellos, porque eso es lo que supone la cruz. Pues eso mismo es lo que nos pide Jesús respecto de los que sufren.

Este evangelio se sitúa en el comienzo de la suida de Jesús a Jerusalén, en el comienzo de su particular calvario psicológico. Un camino que termina en la Resurrección, y este es el final que nos espera si somos capaces de olvidarnos de nosotros, si somos capaces de dar y darnos por los demás.

Las preguntas del texto de hoy son más que evidentes: ¿Quién es Jesús para mí? Y, según la respuesta que de a esta pregunta, la siguiente surge sola: ¿Realmente estoy dando mi vida por amor a los demás?

El próximo 26 de junio celebramos el Domingo 13º del Tiempo Ordinario y leemos Lucas 9, 51-62.

Además de la introducción en la que Jesús decide ir a Jerusalén, dos partes podemos distinguir en el texto. Por un lado, la visita a un pueblo de Samaria en el que no le reciben y las reacciones de los Apóstoles y de Jesús. Y luego, las diferentes posibilidades ante la persona de Jesús, el que quiere seguirle y Él le dice que no es fácil; al que le invita a seguirle y le pone excusas; y el que quiere seguirle pero parece que se arrepiente antes de empezar.

De la primera parte, es conveniente destacar el rechazo frontal a ciertas motivaciones para hacer las cosas, para que se acoja el mensaje de Jesús no cabe la violencia ni la venganza. El mensaje de Jesús se propone, no se impone. Y de la segunda parte, podemos destacar las diferentes reacciones ante el mensaje y la persona de Jesús.

Cuando la iniciativa parte del hombre, éste fracasa. Y aún cuando la iniciativa, la invitación viene de Jesús, el hombre es libre para dar su respuesta, el éxito no está garantizado. El seguimiento de Jesús supone estar dispuesto a todo, poner a Dios como el único referente de nuestra vida. Las medias tintas no valen. Pero esto no supone que Dios anule al hombre, sino que lo lleva a su plenitud, que le dota de la libertad absoluta frente a cualquier pulsión interna o externa.

Nuestra labor, la tuya y la mía, es anunciar este mensaje de liberación independientemente de que obtengamos o no resultados. Debemos sembrar para que otros recojan. El propio Jesús así lo hizo y el Evangelio de hoy nos lo corrobora.

¿Acaso nos creemos mejores que el propio Jesús cuando esperamos que nuestros esfuerzos fructifiquen? ¿Y buscamos resultados cuantitativos más que cualitativos?

Este 12 de junio celebramos el undécimo domingo de este tiempo, y leemos Lucas 7, 36-50.
El texto recoge ese pasaje en el que Jesús va a comer a casa de un fariseo y se les cuela una pecadora que lava los pies de Jesús con un perfume carísimo y con sus lágrimas y se lo seca con su cabello. Jesús aprovecha para contar la parábola de los dos deudores, uno debía mucho y otro poco, Jesús pregunta quién amará más al que les ha perdonado. La respuesta es clara, al que más se le perdona. De igual manera, al que se le perdonan más pecados amará más al Señor. Jesús perdona a la pecadora por el amor que ha manifestado.
La identificación de figuras es evidente. El fariseo es el menor deudor que, por tanto, no tiene la necesidad de sentirse agradecido y la pecadora es la mayor deudora que, por habérsele perdonado mucho, ama mucho. La tradición identificó a esta pecadora con la Magdalena, pero como vemos Lucas no hace esta correlación. Tal vez sí que habría que destacar en este texto la preocupación de Lucas por los más desfavorecidos, en ese momento también las mujeres.
A nivel personal, el otro día me acusaron de ser excesivamente afectivo, lo que hizo que me sintiese bastante mal, y el texto de hoy me viene al pelo, tal vez lo sea porque me sé más pecador, más perdonado y, por tanto, más agradecido. Todos somos pecadores, a todos Dios nos acoge como somos, lo que tenemos que hacer es arrancar de nosotros esos sentimientos identificados con el fariseo de no sabernos deudores y fomentar los de la pecadora reconociendo nuestra situación deudora, pidiendo perdón y siendo agradecidos.

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