Logonuevo

 
 

Este 5 de junio celebramos el 10º Domingo del Tiempo Ordinario y leemos el texto de Lc 7, 11-17, el pasaje de la viuda de Naín. Jesús siente lástima de la viuda, de su dolor y se acerca a ella para resucitar a su hijo. Y el texto nos dice que la gente decía que Dios había visitado a su pueblo.

Podemos darnos cuenta cómo la misericordia, la compasión de Jesús hace que la gente sienta que Dios está con ellos. La misericordia es muestra de la presencia de Dios. Jesús hace así lo mismo que hicieran Elías y Eliseo.

Dos caminos se cruzan, mientras viuda sale, Jesús entra, y ambos rodeados de mucha gente. Sus miradas se cruzan, la de dolor de la madre, con los ojos cubiertos de lágrimas y la de Jesús que se compadece, que comparte ese dolor, porque para eso ha venido al mundo, para compartir el dolor de la humanidad y hacerlo más llevadero. Y la situación cambia, Jesús, dirigiéndose al muchacho le ordena levantarse. Jesús es el Dios de la Vida.

Con este texto Jesús nos invita a hacernos cercanos a los que sufren para que seamos reflejo, imagen de Dios misericordioso. Nuestra confianza debe estar en el Señor, quien lo puede todo, pero nos necesita para ejecutarlo; ya que él no actúa nunaca contra nuestra voluntad, contra nuestra libertad. Su omnipotencia está condicionada a nuestra voluntad, es una paradoja, otra más, dentro de nuestra fe.

Si queremos seguir en nuestras vidas a Jesús debemos compadecernos como él, ser misericordiosos como él, conmovernos como él, amar como él. Con esto conseguiremos llevar a Dios a quienes nos rodean.  

Este 29 de Mayo celebramos la solemnidad del Corpus y la liturgia nos ofrece el episodio de la multiplicación de los panes y de los peces en el Evangelio de Lucas 9, 11-17.
Es curioso, pero al releerlo, me he dado cuenta de la contraposición entre la actitud de Jesús y la primera actitud de los apóstoles. Él anunciando el Reino y haciendo milagros, curando a la gente. Y ellos, dándose cuenta de la situación que se les viene encima, y aportando las soluciones que buenamente se les ocurre. Son incapaces de ver que con la fuerza del Reino también ellos puede hacer más de lo que humanamente se puede. Por un lado reconocen la propia limitación, ¡que ya nos gustaría a muchos, ser capaces de esto! Y por otro, buscan soluciones. Pero la verdadera fuerza del Reino está en la implicación de todos. Jesús para realizar el milagro pide que todos participen, los discípulos y toda la gente que estaba allí.
Una vez, me pasaron un power point de estos que todos recibimos a patadas, al verlo, recogía este hecho… la moraleja, el verdadero milagro es trasnformar el corazón de los hombres para que compartiesen, para que se diesen a los demás, a aquellos que tenían necesidad. La clave de los milagros de Jesús está en compartir, está en la comunidad, en la comunión, en el marco de una tarea apostólica y sanadora. Esto es lo que Cristo nos pide a nosotros hoy, que no tengamos miedo al fracaso, aunque la tarea parezca imposible, que seamos capaces de soñar con la implantación del Reino de Dios, que llevemos a la práctica su Palabra.
Como los discípulos muchas veces somos conscientes de nuestra limitación, pero ¿la utilizamos como excusa para no hacer nada o nos fiamos de Jesús?

 

 

El próximo 15 de mayo celebramos Pentecostés, y leemos Juan 20, 19-23. El texto ya lo conocemos, lo leímos durante esta Pascua, pero ahora el acento es distinto, por el contexto litúrgico. Cronológicamente, se sitúa en el mismo día de Pascua. Jesús se aparece estando los discípulos reunidos, les da el regalo de la paz, les envía de la misma manera que el Padre le ha enviado a Él y les deja el don del Espíritu para continuar la misión que Él ha recibido del Padre.
La semana pasada veíamos cómo Jesús se iba al Padre y nos prometía un don para continuar su tarea. Hoy celebramos la entrega de ese don, la recepción de esa fuerza, de ese amor que nos permite continuar su obra, que Juan recoge con la fórmula de perdonar y retener los pecados.
La liturgia nos ofrece hoy, también, el relato del mismo hecho en la versión de Lucas, en el segundo capítulo de los Hechos. Tal vez en un tono más simbólico, las llamas de fuego, el ruido, la capacidad de hablar en lenguas…
El Espíritu es la permanencia de Jesús entre nosotros hoy. Ese amor, esa fuerza, es la que permite a los discípulos salir a la calle, superar el miedo y dar testimonio de lo que acaban de experimentar, que Dios ha ratificado lo que Jesús hizo y dijo resucitándolo. Ese amor les dota de la garantía que hace que aún hoy sigamos confiando en su testimonio. Y por ese mismo amor y su testimonio seamos capaces de continuar la obra de Jesús. Sin esa fuerza no podríamos seguir su misión. Este Espíritu no se compra ni se merece, sinon que sobreviene en la medida en que el discípulo se hace permeable a Dios, a imitación y analogía de Jesús. Con este regalo podemos transformar el mundo, sin él nada nos es posible.

Este 22 de mayo celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad y el texto que nos ofrece la liturgia es Juan 16, 12-15.
De nuevo estamos en los discursos de despedida de Jesús, que se sitúan en torno a la última cena. Jesús les recuerda a sus discípulos que le quedan muchas cosas por enseñarles, pero que aún no están preparados, que necesitan la ayuda del Espíritu para comprenderlo. Este Espíritu le glorificará y transmitirá lo que Él le diga, como Él lo ha recibido del Padre.
En este domingo se nos invita a fijarnos en las tres personas de la divinidad, siempre partiendo de Jesús, es la figura que conocemos, la que se encarnó, la que se hizo uno de nosotros para que pudiésemos comprenderlo, pasando por el Espíritu que nos alienta y anima (en el sentido de darnos el alma) que nos transmite lo que nos sigue comunicando Jesús, para llegar al Padre.
Lo cierto es que alcanzar esta unión, este conocimiento de la divinidad, resulta imposible para el hombre. Creo recordar que en alguna ocasión ya os he comentado que estudiando una asignatura que se llamaba el Misterio de Dios: uno y trino, nos estudiábamos un montón de libros para acabar concluyendo lo que ya veíamos en el título, que es un misterio inabarcable para nosotros. Pero a pesar de ser inabarcable, hay cosas que podemos ir descubriendo, es un proceso en el que, poco a poco, el Espíritu nos ayuda a ir descubriendo aspectos, facetas de ese Dios inefable.
En nuestra relación con Dios, solemos dirigirnos al Hijo, por cercanía, por proximidad, por simpatía, pero os invito a redescubrir la figura del Espíritu. Ese Espíritu que tiene la tarea de acompañarnos en este camino hacia el Padre.

El próximo 8 de mayo celebramos la Ascensión del Señor y leemos Lucas 24, 46-53. El texto recoge los últimos versículos del Evangelio de Lucas, en los que Jesús les explica a los discípulos lo sucedido en la resurrección según las Escrituras, les hace ver cuál será su misión y les promete el Espíritu Santo, luego los saca de la ciudad y les bendice mientras sube al cielo, y los discípulos se vuelven contentos a Jerusalén.
La resurrección de Jesús les permite a los discípulos entender lo que estaba escrito de Él en el Antiguo Testmento y así se convierten en garantes del hecho para quienes vendremos después. Jesús les envía a procamarlo por todo el mundo, dando comienzo una nueva etapa en la Historia de la Salvación, la etapa del Espíritu, la etapa de la Iglesia, avocada a llevar esa misión a su plenitud.
Tal vez lo más reseñable sea que los discípulos se quedan mirando al cielo con los pies en la tierra. Poco más o menos, lo mismo que debemos seguir haciendo: ir hacia Dios, pero sin abandonar la realidad, sin olvidarnos que tenemos hermanos a nuestro lado a quienes debemos acompañar en esa tarea de descubrir a Jesucristo como Señor de nuestra historia.
Jesús nos promete su Espíritu, para empezar la misión debemos esperar a que nos llegue ese don, pero con Él, con el Paráclito, podremos hacer los signos y prodigios que Él hizo cuando caminaba entre nosotros.
¿Realmente sientes la presencia de Jesús resucitado en tu vida? ¿Te crees capaz de continuar su misión? ¿Te quedas mirando al cielo abandonando la realidad o tienes los pies en la tierra y acompañas a quienes tienes a tu alrededor hacia Dios?

 

 

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