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Este 12 de marzo celebramos el 2º Domingo de Cuaresma y leemos el episodio de la Transfiguración en Mateo 17, 1-9.

Nos encontramos a Jesús en una montaña con Pedro, Santiago y Juan, ellos serán testigos de excepción de una manifestación de Dios, que les revela la identidad de su Hijo. Jesús aparece superando a la Ley y los Profetas, cuando aparece entre Moisés, que representa la Ley, y Elías, que representa a los Profetas.

Pero si hay algo en el texto que nos llame la atención es esa afirmación de Pedro: “Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas…” Con esta imagen, Mateo nos quiere transmitir el bienestar que sentirían los apóstoles en aquella situación. Pero Jesús tan apenas les deja disfrutar de ella. Al instante, la voz de Dios revela la identidad de Jesús y les devuelve a la realidad.

Si algo tiene de bueno nuestro cristianismo, es precisamente esto, que nos eleva hasta Dios e inmediatamente nos devuelve a la realidad, no nos deja quedarnos en ese éxtasis contemplativo, sino que nos envía al mundo real. Nuestra fe no tiene sentido sino en el mundo, y sólo tendremos que salir de él para, en momentos puntuales, recargar las pilas, acercarnos a Dios y mantener así la relación de amistad que Él inició con nosotros.

Jesús prohíbe a sus discípulos que hablen de esta visión hasta que resucite de entre los muertos. El mismo texto nos devuelve a la cruda realidad, estamos en el camino hacia la Cruz, pero en ella está la semilla de la espera y la esperanza.

En este tiempo en que se nos invita a la conversión, ¿vuelves a la realidad con fuerzas renovadas? ¿Tu conversión se manifiesta en acciones o ha cambiado algo en tu corazón, se han modificado tus actitudes?

Este 5 de marzo celebramos el primer Domingo de Cuaresma y, como es tradicional, leemos el episodio de las Tentaciones, esta vez en la versión de Mt. capítulo 4, versículos del 1 al 11.

Jesús se nos presenta en el desierto, en un lugar retirado, buscando la distancia para poder pensar, meditar. Antes del comienzo de su vida pública se retira para reflexionar sobre el camino que va a tomar a partir de ese momento. Ante él aparecen diferentes posibilidades que se nos presentan como tentaciones: la tentación de desarrollar un proyecto económico, representada por el pan; la de aprovechar el mesianismo en beneficio propio, representada en el alero del Templo; y la de convertirse en un Mesías político, representada por la tentación de dominar todo el mundo.

Aunque el autor del Evangelio sitúe estas tentaciones en un solo momento histórico, lo más probable es que se le fuesen presentando a Jesús durante toda su vida pública y que afrontase estas tentaciones como tales, después de haberse definido por el mesianismo del Siervo de Yahvé.

Lo cierto es que todos en nuestra vida pasamos por momentos así. Son tentaciones universales, el querer ser más que los demás, el que los demás nos admiren, el dominar a los demás, el satisfacer las propias necesidades sin mirar a los otros… a todos se nos presentan a diario. La única forma de vencerlas es, como lo hizo Jesús, recurrir a la Palabra de Dios. En ella encontramos las claves para luchar contra las tentaciones. Descubrir la voluntad de Dios para con nosotros en su Palabra.

De toda tentación podemos salir reforzados si la afrontamos con esperanza y mantenemos una serie de principios.

¿Cuáles son para ti esos principios en los que fundamentas tu vida? ¿Eres fiel a ellos?

El próximo 19 de febrero celebramos el séptimo domingo del tiempo ordinario y continuamos leyendo el sermón de la montaña en el capítulo 5 del evangelio de mateo, vv. 38-48.

Seguimos en el mismo contexto de estas semanas atrás, continúan las enseñanzas en el mismo tono de la semana pasada: habéis oído que se dijo… yo, en cambio, os digo…, yo añado…

Pero en esta ocasión me gustaría centrarme en algo que la semana pasada di por sentado. Las enumeraciones que hace Jesús son a modo de ejemplo, que nadie se crea que es suficiente con presentar la otra mejilla, que hay que dar la capa, que hay que caminar dos millas… la máxima, como les digo a mis alumnos es amar al enemigo, amar al que no me cae bien, al que me odia, ni basta con rezar por los que nos persiguen. La ley exigía amar a los que pertenecían al clan y con los demás, la tradición, fue añadiendo el odio a los enemigos, cuando en realidad no dice nada de eso como podemos comprobar en la primera lectura del Levítico (cfr. Lv 19). La máxima es imitar a Dios en la perfección, en la preocupación por los demás, sean o no de nuestro clan.

Amar a los que nos aman es fácil, no tiene mérito. Como os decía la semana pasada, Jesús nos pide que superemos la ley, que vayamos a la intención de la misma, que vayamos a las intenciones de nuestro corazón, que cambiemos nuestro ser, nuestro corazón de piedra por uno de carne.

Jesús nos pide que imitemos a Dios y que como Él seamos capaces de tratar a todos por igual. Si Él nos dota de libertad, nos la respeta y trata a todos por igual, debemos hacer lo mismo, por qué vamos nosotros a imponer nada.

Y, efectivamente, son máximas, situaciones a las que tender, sé que es difícil, que no siempre nos sale del corazón, pero como todo en esta vida lo podemos ir trabajando y, sobretodo, pidiendo, porque no deja de ser un regalo que Dios nos puede hacer.

¿Cuántas veces le hemos pedido a Dios que nos ayude a cambiar los sentimientos hacia quienes no son de mi grupo?

El próximo 26 de febrero celebramos el octavo domingo del tiempo ordinario, damos un salto en el Sermón de la Montaña y pasamos a leer el capítulo 6 de Mateo, vv. 24-34. De nuevo un texto conocido, un texto apropiado para estos tiempos que corren. “Fijaos en las aves del cielo… fijaos en los lirios del campo… ¿no valéis más vosotros que ellos?... Buscad el Reino y su Justicia y lo demás se os dará por añadidura…”

Seguimos en el contexto de la enseñanza de Jesús a sus discípulos. En esta ocasión nos enseña a tener fe, a confiar. Si confiamos en quien tenemos que confiar, en Dios, si nos fiamos más de Él que de nuestras propias fuerzas, tendremos todo lo que necesitemos. Si nos esforzamos por conseguir la implantación del Reino que ha comenzado en Cristo, y con Él culminará, no tenemos por qué preocuparnos de nada. Si nos dedicamos a la tarea de Dios, Él nos proveerá de lo que necesitemos. Para qué agobiarse… Dios se preocupa de su obra, nosotros somos parte de ella, y tal vez la más importante, por qué nos iba a dejar de lado.

Hoy, con la actual situación económica, son muchos los que se afanan, los que se preocupan, los que se agobian, pero lo que el Evangelio viene a transmitirnos es que para qué todo eso, si como decía un cura conocido: “Dios proveerá”. La confianza, la fe es lo fundamental de la respuesta del hombre a la acción de Dios, pero debemos dejarle ser Dios. En más de una ocasión os he dicho que la fe es un don, y lo es. Por lo tanto, pidámoslo. El llegar al grado de confianza de no agobiarnos es un regalo, sólo podemos pedirlo. Habrá quién lo tenga y quién no; para quienes aún no lo tenemos, debemos pedirlo con más insistencia, como lo hacen los niños, y así llegar a alcanzar su grado de confianza. Pero lo cierto es que si alguna vez lo hemos experimentado, hemos sentido cómo cuanto más nos despreocupamos, más respuestas obtenemos. En cuanto dejamos de agobiarnos, Dios nos concede lo que necesitamos, incluso más. Santa Teresa lo recogió con otras palabras en su "Nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene nada le falta".

¿Somos capaces de abandonarnos a la voluntad de Dios o cuando decimos en el Padrenuestro que se haga su voluntad, lo hacemos con la boca pequeña?

Este 12 de febrero celebramos el 6º Domingo del Tiempo Ordinario y leemos Mt 5, 17-37.

Continuamos en el Sermón de la Montaña y Jesús nos presenta ahora las conclusiones de lo que suponen las enseñanzas que está dando. Su intención no es cargarse lo que había establecido, su intención no es destruir la relación que Israel había mantenido con Dios, sino llevarla a su plenitud, darle pleno sentido. Atender, no tanto a la letra de la norma, cuanto a su espíritu. Hoy diríamos que ha convertido de la exposición de motivos de la ley en una norma de obligado cumplimiento. Condena a quienes enseñan a burlar ese espíritu de la ley y alaba a quienes lo inculcan.

La fórmula: “habéis oído que se dijo… pero yo os digo… ” Tiene su pleno sentido si cambiamos la segunda parte por “a eso hay que añadir…” O sea, que no cambia nada, sino que añade, añade lo que dota de sentido a la expresión que se nos dijo.

Y para ello, el evangelista recoge cuatro ejemplos, seguro que a lo largo de la vida de Jesús se dieron muchos más, pero nos ha dejado esos cuatro. Del no matarás pasa a que además no hay que albergar el sentimiento de odio en nuestros corazones. Del no cometer adulterio a respetar desde el corazón a la mujer de otro. Del dar acta de repudio a no hacer que la mujer se tenga que buscar otro hombre. Del no jurar al no tener más que una palabra.

Todas las normas que se nos dieron son acciones y en los ejemplos que nos ponen, prohibiciones. Pero las que nos da Jesús, van más allá, nos mandan erradicar de nuestro las actitudes, los sentimientos que hacen que nazcan esas acciones. Efectivamente, intenta dar pleno sentido a la norma. No dice que esa norma sea mala, vale, como vale decirle a un niño “no hagas eso”, pero cuando crecemos necesitamos saber porqué no se puede hacer, necesitamos integrar la norma. Y lo que Cristo nos propone es que integremos la norma.

También hoy nuestra Iglesia nos trata en ocasiones como niños y nos da normas, ¿hemos hecho el esfuerzo de integrarlas? No nos quedemos con los cuatro ejemplos del texto de hoy, busquemos el sentido y las actitudes que hay tras las demás e integrémoslas en nuestros corazones.

 

 

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