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El texto es continuación del de la semana pasada, seguimos en el marco del discurso de despedida de Jesús, releído a la luz de la Resurrección. En este Evangelio Jesús revela su unión íntima con el Padre y, en este final de la Pascua, nos anuncia la llegada del Espíritu. Un espíritu que es amor y que nos permite comprender este texto. Todo en él gira en torno al amor y a la paz, una paz que el mundo no puede dar, porque consiste en la presencia espiritual de Dios, por eso el mundo no la puede dar, como os decía estas semanas una paz más allá de la ausencia de guerra o de la tranquilidad psicológica.
Jesús se va, pero, por amor, permanece. Creo que todos hemos podido tener esta experiencia, a todos nos ha faltado una persona a la que queríamos y que, a pesar, de no estar, sigue presente en nuestra vida, en todo lo que hacemos, no sólo en nuestra cabeza, sino en todo nuestro ser.
Este amor nos hace comprender la unión entre el Padre y el Hijo. Creo que en alguna ocasión ya os he dicho que la mejor explicación que he oído de la Trinidad era que el Padre era el amante, el Hijo el amado y el Espíritu el amor. Así que el Espíritu nos hace comprender la relación entre el amante y el amado, el Padre y el Hijo.
Falta hoy la dimensión horizonta en este comentario, pero creo que con la pregunta final podemos dársela.
Sólo amando podemos aprender a amar, sólo amando a los hombres podemos aprender a amar a Jesús, a Dios. ¿Eres capaz de amar a los que tienes a tu alrededor? y a Jesús, ¿sabes amarlo y guardas su palabra por ese amor?

Este 24 de abril, celebramos el 5º domingo de pascua y leemos el evangelio de Juan 13, 31-35.
El texto recoge la parte de la última cena de Jesús donde éste se despide de sus discípulos después de que Judas haya salido del Cenáculo, y les muestra su esencia dejándoles como última voluntad el mandamiento del amor que se convertirá desde ese momento en el sello indeleble de los cristianos.
La liturgia nos hace releer estos textos a la luz de la Resurrección, porque con el acontecimiento Pascual adquieren su pleno significado. En alguna ocasión ya me ha tocado hablaros de este mandamiento nuevo, y creo recordar que os decía que era cosa de locos. Pues bien, desde el cirio Pascual es desde donde podemos entender este mandamiento, desde la luz de la Pascua es desde donde se comprende la glorificación de Jesús y de Dios Padre, desde el pregón Pascual es desde donde se entiende que esa glorificación se de en la Cruz, en el lugar del máximo amor, porque nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Ese es el amor que Jesús nos tiene, ese es el amor que ha aprendido del Padre. Porque Jesús nos ha amado así, debemos amar a los demás, tal como nos recodó Benedicto XVI; y la vertiente práctica que nos está proporcionando el papa Francisco.
Este amor es lo que nos hace humanos y, a la par, nos vincula a la trascendencia, a Jesús y por Él a Dios Padre que ha derramado su Espíritu para darnos la fuerza necesaria para cumplir esa última voluntad de Jesús, el AMOR.
Amar como Jesús lo hizo, lo hace, es difícil, pero contamos con numerosas ayudas, utilicémoslas. No desfallezcas cuando veas que no eres capaz de conseguirlo, sigue intentándolo y pregúntate en qué te has podido equivocar.

El Tercer Domingo de Pascua que celebramos este 10 de abril, leemos el Evangelio de Juan 21, 1-19.
El texto recoge el momento en que una vez resucitado, Jesús se aparece a sus discípulos, quienes llevan a cabo una pesca milagrosa y almuerzan con él; Jesús mantiene un diálogo con Pedro en el que por tres veces le pregunta si le quiere. El diálogo es especialmente rico y lleno de matices. Si nos fijamos bien, las dos primeras veces le pregunta si le ama, la tercera si le quiere. Después de cada contestación Jesús le manda apacentar el rebaño. Al final, le dice a Pedro: Sígueme.
Si nos fijamos bien las analogías con los hechos de la última cena son claros, entonces Pedro no podía seguir a Jesús y lo niega por tres veces, ahora le debe seguir y las negaciones se han convertido en afirmaciones de amor.
Sé que dependerá de la traducción del texto que tengáis, pero me parece especialmente interesante el matiz, por dos veces pregunta si me amas y la contestación de Pedro es: “Sabes que te quiero”, por último Jesús pregunta si le quiere y Pedro se entristece, porque le pregunte por tercera vez. Todos sabemos que querer no es lo mismo que amar. Las preguntas de Jesús van de más a menos implicación y la contestación de Pedro es la misma en las dos primeras: “Si, Señor, sabes que te quiero”. La última cambia porque Pedro se da cuenta de la actitud de Jesús.
Las preguntas de hoy, las ha hecho Jesús… Enrique (poned vuestro nombre) ¿me amas más que estos?... Enrique ¿me amas?... Enrique ¿me quieres?

Este 17 de abril celebramos el cuarto domingo de pascua.
La verdad es que esta semana me ha costado sentarme a pensar qué tenía que deciros de este evangelio que está tomado de Juan, cap. 10, vs. 27-30. El texto hay que leerlo en el marco de una controversia con los dirigentes judíos que no quieren entender a Jesús, quien les pone el ejemplo de las ovejas que son quienes le entienden, quienes le siguen, aquellas a las que Él conoce.
La imagen recogida es la del Buen Pastor. Esta imagen es propia del ambiente rural en el que Jesús desarrolla su ministerio, pero me gustaría que os fijaseis en el primer versículo: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna”. Si os fijáis no se trata de una relación causa efecto, sino de una concatenación de ideas, de tal forma que el nexo de unión viene marcado por el amor. Así podremos prescindir de la norma, de la ley, esa Ley que traía de cabeza a los judíos. La cuestión central es ¿en dónde basamos la relación con Dios, en el amor como nos propone Jesús o en el cumplimiento de normas, en el temor? ¿escuchamos la voz del pastor porque confiamos en Él o porque le tememos?
La Iglesia muchas veces nos ha enseñado a escuchar esa voz más por temor que por amor, gracias a Dios esos tiempos pasaron y hoy se nos propone más el amor, la confianza que es el tema de este texto, la confianza del Padre en el Hijo. Hoy, al menos para mí, la Iglesia es esa madre que me ha transmitido el mensaje de Jesús, por eso la quiero, porque, como una madre, me ha enseñado a vivir la vida.
No puedo dejar pasar por alto otros matices que tiene esta Palabra de Dios, en el contexto litúrgico de la Pascua nos está recordando la misión de Jesús y de la comunidad. Y por último esa afirmación rotunda, que resuena con fuerza: “Yo y el Padre somos uno”, que nos garantiza que el mensaje, la vida y las obras de Jesús no son meras elucubraciones, sino que tienen sello de garantía, certificado de calidad diríamos hoy, que vienen de Dios y a Él nos llevan.

Este 3 de abril celebramos el segundo Domingo de Pascua y leemos Jn 20, 19-31. El texto recoge dos apariciones del Resucitado una sin estar presente Tomás y la segunda con él. El pasaje en el que Jesús corrobora la fe de Tomás permitiéndole que introduzca sus dedos en las agujeros de los clavos y metiendo su mano en la herida del costado. Por último, el evangelista recoge un pequeño comentario escrito para que podamos descubrir que Jesús es el Hijo de Dios.
Tal vez haya una expresión contenida en este Evangelio que llame poderosamente la atención: “Paz a vosotros”. Esta frase es más que un mero saludo, es más que la ausencia de guerra, es más que paz psicológica, es más que el simple bienestar. Esa Paz es la fuerza que concede al discípulo la capacidad de serlo, de dar testimonio con su vida, de perder el miedo.
Hay quienes nos piden pruebas de la existencia de Jesús, del hecho de su resurrección. Y nosotros les hablamos de estos testimonios porque es lo que buscan. Les hablamos de los textos de Flavio Josefo, de los evangelios, de las fuentes no cristianas, incluso de Eusebio de Cesarea. Pero todos ellos están muertos y no pueden dar otro testimonio que el que dejaron escrito. Y se nos olvida aquello que os trataba de transmitir la semana pasada. Cristo ha resucitado, esto es, está vivo entre nosotros. Evidentemente no lo podemos ver, pero lo podemos experimentar de otras formas y esta experiencia es la que realmente puede valer a quienes nos piden testimonio de nuestra fe. Por ello, si realmente vivimos a Cristo vivo podremos transmitir la experiencia a los demás.
¿Realmente mi vida puede testimoniar que Cristo vive en medio de nosotros?

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