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Este 27 de marzo celebramos el Domingo de Resurrección y, como siempre, leemos Juan 20, 1-9.
El texto recoge el momento en que las mujeres van al sepulcro y se encuentran la losa corrida, la tumba vacía y van a contárselo a los discípulos. Pedro y el discípulo amado, van corriendo y al verlo vacío creen.
¿Cómo puede una persona situarse ante un hecho tan trascendente, que desafía de tal forma la razón? Pedro y el otro discípulo vieron y luego creyeron. El hecho es innegable, el sepulcro está vacío. Ahora, ¿qué interpretación hacemos de este hecho? ¿Dónde queremos poner el origen de la desaparición de un cadáver? Para el discípulo amado, en el que podemos reflejarnos todos, la explicación más lógica, más completa, con más sentido es la Resurrección. Con ella Dios ha corroborado la vida de Jesús. Si no se hubiese producido hoy no estaríamos hablando de Jesús, Él no podría ser para nosotros un ejemplo a seguir.
Que el amor de Jesús está vivo entre nosotros es una realidad indiscutible, no porque haya algún hecho que lo certifique sino porque la vida de cientos, de miles de personas, lo demuestran con su amor incondicional. La Iglesia ha cuidado y transmitido este amor, y las personas que nos lo han demostrado así lo han entendido. Por ello debemos estarle agradecidos, por ello debemos corresponder a ese amor.Hay un cartel en mi colegio que dice que la amistad es el único activo que se multiplica repartiéndolo, y creo que con el amor pasa lo mismo. Así que la única manera que tenemos de comunicar la Resurrección, el amor de Jesús entre nosotros, es AMANDO. ¿A quién demuestras tu amor? ¿Y con qué finalidad? ¿Es verdadero amor? ¿Ven los demás el amor de Dios resucitado en tu amor?

Este 20 de marzo celebramos el Domingo de Ramos y se lee la Pasión según san Lucas. En la bendición de los olivos se lee la llegada triunfal de Jesús recogida en el mismo evangelio 19, 28-40. La pasión nos narra los hechos acaecidos desde la cena hasta la muerte y sepultura de Jesús. De nuevo nos encontramos en las puertas de la conmemoración del hecho que lleva a Dios a ratificar con la resurrección lo que Jesús hizo y dijo mientras recorrió los caminos junto a nosotros.
Hace tres años al comentar este mismo texto os decía que era incapaz de fijarme en un solo hecho o frase. Este año, además he descubierto que también me cuesta fijarme en los silencios, en una atmósfera o en una mirada, que muchas veces son más evocadores que lo que se dice explícitamente.
Dos hechos fundamentan nuestro ser cristiano: por un lado, la encarnación de Dios; y por otro, la Resurrección. Toda la Pasión está encaminada a este hecho. Hecho que supone la esencia de nuestro ser cristiano. Y quiero centrarme en él porque creo que nunca somos lo suficientemente conscientes de lo que esto significa. Javier Garrido me hizo caer en la cuenta de ello. La Resurrección significa, simple y llanamente que Jesús está vivo entre nosotros, que nos acompaña. Creyendo esto mi vida no puede ser la misma. Que Jesús entregase su vida por nosotros puede resultar irrelevante porque vive a nuestro lado. Como dice Boff en Los sacramentos de la vida: “Dios no se lo ha llevado, lo ha metido más en medio de nosotros si cabe”.
¿Vives después de creer en la Resurrección como lo hacías antes? ¿Qué cambios ha supuesto? Y si no hay cambios, pregúntate si realmente vives la Resurrección.

Este 6 de marzo celebramos el 4º Domingo de Cuaresma y el texto que nos propone la liturgia, cuando no hay catecúmenos, es Lc 15, 1?3.11?32, la parábola del hijo pródigo o del padre misericordioso o del padre que tenía dos hijos, como el propio Jesús la denomina al comienzo.
Otros comentarios de este Evangelio se centran en la interpretación para los actuales cristianos, pero creo que primero deberíamos ver qué decía este texto a los oyentes de Jesús.
En la parábola Jesús compara la actitud de dos hijos ante su padre. A todos nos resulta fácil identificar a Dios con el Padre. Pero ¿qué suponen las actitudes de los dos hijos? Básicamente, suponen dos formas distintas de relacionarse con el Padre, con Dios. Dos formas que son tan evidentes hoy como lo eran para los cohetáneos de Jesús. Por un lado, la evidente del hijo menor, un hombre capaz de reconocer su pecado y pedir perdón, los pecadores y publicanos con quienes se juntaba Jesús, y los que hoy nos sabemos con fallos en nuestra relación con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Y, por otro lado, el hijo mayor, que es incapaz de ver su pecado, que se cree que cumplir la voluntad de su padre le da derecho a un banquete, los que hoy podemos creernos con derecho a salvarnos por cumplir unos preceptos, en su mayoría hechos por hombres pecadores como nosotros. El texto ya no va más allá.
No puedo evitar siempre que oigo este Evangelio tener un recuerdo en mi corazón para Luis José, se sentía tan identificado con el hijo menor que quiso que esta parábola se oyese en su funeral. Él como yo se sabía pecador y que sólo nos queda confiar en el Amor del Padre invitándonos a ese Banquete.
Nuestra tradición hace que nos sea fácil identificarnos con el hijo menor, pero ¿cómo es nuestra relación con el Padre?

 

 

Este 13 de marzo celebramos el 5º Domingo de Cuaresma y leemos Juan 18, 1-11.
El texto nos narra el pasaje de la mujer adúltera a la que Jesús salva la vida cuando iba a ser apedreada, diciendo eso de que “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.”
De nuevo, en el marco de la cuaresma se nos presentan los temas del perdón y de la conversión.
El perdón porque, ¿cuántas veces rezamos en el Padre Nuestro, lo de “perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”? En este pasaje vemos cómo perdona Jesús, incluso en contra de la comunidad, en contra de lo que se consideraba legal, moral, querido por Dios en ese momento. ¿Y de verdad nosotros somos capaces de perdonar así? Yo no puedo, por eso me agarro a una interpretación que hizo un profesor mío, según la cual ese “como” no es modal (de la forma en que nosotros perdonamos) sino causal (porque también nosotros perdonamos), aunque sea de una forma imperfecta.
El Evangelio también nos habla de las diferentes varas de medir que nos gusta utilizar, una para nosotros mismos y otra para los demás. Ése era el fallo de los escribas y fariseos. Me recuerdan a mis alumnos que dicen que sacan 8 ó 9, y que yo les suspendo.
La conversión que nos pide Jesús hoy es la de que miremos en nuestro interior antes de juzgar a los demás. “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Superar la legalidad para ver a los demás y a nosotros mismos bajo un prisma mucho más compasivo y misericordioso, nuestro propio corazón, que supera la propia Ley. La clave: poner a Jesús en el centro de nuestra vida, ser capaces de llamarle Señor, como lo hizo la adúltera.

El proximo 28 de febrero celebramos el tercer domingo de Cuaresma y la liturgia nos ofrece el Evangelio de Lc 13, 1-9.
El texto recoge un par de sucesos de la crónica del momento, que Jesús aprovecha para interrogar a sus interlocutores sobre las consecuencias del pecado, y la parábola de la higuera que no da fruto.
Los judíos creían que cualquier desgracia era fruto del pecado. Hoy tenemos otra forma de decirlo, pero la esencia es la misma: “castigo de Dios”, “la naturaleza se revela”… pero lo que viene a decir Jesús es que, si eso fuera cierto, cualquiera de nosotros seríamos merecedores de esas o mayores penurias. No faltan quienes ante los recientes desastres naturales vienen a decir algo parecido. Aunque ya conocemos la respuesta de Jesús. El creer que no tenemos culpa, el creer que no tenemos pecados porque la desgracia no ha llamado a nuestra puerta, no significa nuestra ausencia de pecado. Los que sufren esos contratiempos no son ni más ni menos pecadores que cualquiera de nosotros. De ahí la necesidad de convertirnos. De cambiar.
La parábola de la higuera supone la premura del tiempo en llevar a cabo esta conversión este cambio. Año tras año, nos ofrecen esta oportunidad de cambio. Pero sin prisas atormentadas. Vale más hacerlo bien que hacerlo de cualquier manera.
¿Por qué me creo mejor que los demás? ¿siento la necesidad de cambiar?

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