Logonuevo

 
 

El 17 de enero celebramos el 2º Domingo del Tiempo Ordinario y la liturgia nos propone el texto de Juan 2, 1-11.
Es la perícopa de las Bodas de Caná. Jesús es invitado a una boda y cuando se les acaba el vino él se manifiesta su identidad con un milagro. De nuevo, como la semana pasada, el texto es presentación e inicio del ministerio, en este caso en boca del evangelista Juan, que utiliza el milagro de la conversión del agua en vino para que María nos invite a conocer y seguir a Jesús. El “haced lo que él os diga” es una invitación colocada muy a propósito al inicio de este cuarto Evangelio. Es un texto que sustituye al Bautismo de Jesús de los sinópticos, trasformando el agua en vino como lo hace san Juan en su relato.
En alguna ocasión ya hemos comentado que este Evangelio tiene una especial preocupación con el tema de la hora, con el momento en el que se mostrará toda la gloria de Jesús, el Calvario. De hecho la escena de hoy es similar y anticipadora de la que veremos en esa “hora”. De hecho el vino es signo de la sangre que se derramará en ese Calvario. A pesar de no haber llegado la hora de Jesús, él empieza ya a entregarse. Por eso, ese vino, es el vino bueno.
Esa entrega que comienza en Caná y que termina en la Cruz es una vida entregada por amor. Un amor que hace que se cambie nuestra agua interior por un vino que vivifica, que da alegría, que aporta calorías. Todos apreciamos la diferencia entre un buen y un mal vino. El vino malo emborracha, sienta mal… el bueno, nos pone alegres, entra suave, nos calienta.
La pregunta para nosotros hoy es si somos agua o nos dejamos transformar por Jesús en buen vino. En un vino que aporta alegría, que vivifica, que nos da calorías.

El próximo 10 de enero celebramos el Bautismo del Señor y leemos Lc 3, 15-16.21-22.
El texto ya lo conocemos. Lo leímos, al menos en sus primeros versículos, el 3 er. Domingo de Adviento. Recoge el momento del bautismo de Jesús, cómo Juan dice que tras él llegará Otro sobre quien él no tiene ningún derecho y que bautizará con Espíritu y fuego. En estas llega Jesús reza y se bautiza, el cielo se abre y la voz del Padre manifiesta la identidad del Hijo. Pero, la grandeza de la Palabra de Dios hace que hoy el Evangelio nos hable de cosas distintas a las de entonces.
Esta semana ya son dos las manifestaciones de la identidad de Jesús. La primera, en la Epifanía; y esta segunda, situada cronológicamente treinta años después, en el Bautismo.
Y, tal vez, este sea el aspecto más destacable del texto de hoy, la manifestación. El hecho de que el Padre corrobore que Jesús es su Hijo. Que el Mesías no es Juan como creía la gente, sino Jesús. Pero un Mesías distinto del que el pueblo esperaba, no un libertador como tantas veces hemos cantado, sino un hombre cuyo mensaje no deja de desconcertar a todos, incluso a nosotros hoy.
Sin duda el texto de hoy significa la unión entre el cielo y la tierra, entre las naturalezas humana y divina de Jesús. Y es, también, el punto de partida de la vida pública de Jesús.
Pero lo más chocante de este Evangelio es que el Hijo sea el amado, el predilecto. De nuevo, el amor. Los que tenemos hijos podemos imaginarnos qué significa eso, cómo es el amor de los padres hacia los hijos, tal vez no podamos acercarnos a lo que significa en Dios, pero podemos hacernos una idea. La incondicionalidad, la gratuidad, que no podemos encontrar en otros amores, la tenemos presente en el amor filial. Y este es el paradigma del amor que nos propone el Evangelio.
¿Eres capaz de amar así a quienes te rodean?

El próximo 27 de diciembre celebramos la fiesta de la Sagrada Familia y la liturgia nos propone el texto de Jesús perdido y hallado en el templo en Lc 2, 41-52.
Los padres de Jesús vuelven de Jerusalén y después de un día de camino se dan cuenta que Jesús no iba con ellos. Cuando vuelven a buscarlo, lo encuentran en el Templo discutiendo con los maestros. Ellos le recriminan su actuación y Jesús vuelve con ellos a Nazaret.
Nos encontramos a Jesús hecho ya todo un hombrecito. La Ley mosaica ya le obliga al cumplimento de todos sus preceptos, incluso el de subir a Jerusalén para las fiestas. Y en una de ellas, se pierde. No deja de sorprender que un joven, capaz de codearse con lo más granado del Templo, sea capaz de someterse a la voluntad de sus padres y, a pesar de la contestación propia de un adolescente, vuelva con ellos. También resulta curioso que la reprimenda esté en boca de María y que José no diga nada.
Pero yo me imagino la escena de otra forma, como padre, la primera reacción es coger al chaval y darle un abrazo, luego… un bofetón y, a partir de ahí, ya podríamos haber hablado de lo que hubiese sido. Y, la vuelta, después de la evidente discusión, tensa, el silencio se tendría que poder cortar. Tal vez, el que esos doce años sea la edad de mi hija, me haga verlo así.
La intención del evangelista es clara. Intenta mostrarnos la imagen de una familia normal, con sus pequeñas disputas. Pero también una familia divina, por las palabras de los protagonistas.Una de las características de este texto es el amor que se entrevé en la relación familiar. Y otra, la angustia que se respira en los padres. ¿Qué te angustia? ¿Qué hace que te sientas desasosegado? ¿Buscas a Jesús en esas situaciones como lo hicieron sus padres?

Este 3 de enero celebramos el 2º Domingo de Navidad y le liturgia nos propone el mismo texto que el día de Navidad, el comienzo del Evangelio de Juan, 1, 1-18.
El texto es complicado y cargado de simbología. Ya sabes, “En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios…”. La teología identifica este pasaje con el nacimiento que recogen los evangelios de Mateo y Lucas. Pero yo creo que va más allá. No sólo se plantea de dónde viene este hombre como lo hacen estos evangelistas, sino que se plantea de dónde viene este Dios. Jesús existe desde el principio junto a Dios y con Él, Dios creó todo. Pero llega un momento de nuestra historia en que Dios decide gratuitamente regalarnos a su Hijo. También identifica a este Hijo con la Luz. Y nos relata cómo hay quienes no la aceptan y quienes sí. Quienes no la aceptan son de la tiniebla y los que la aceptan son llamados hijos de Dios, pero no hijos como lo entendemos nosotros, sino de otra forma. Y ese Dios se hace hombre por amos, por nosotros, por los hijos.
De nuevo, la experiencia de la gratuidad en el amor. Algo que para nosotros resulta casi incomprensible, pero que seguro que hemos experimentado en alguna ocasión. Esa experiencia es la que subyace en este texto. Quienes tenéis hijos, seguro que lo entendéis. Dios se hace hombre para que podamos amarlo, porque como dice Juan en una de sus cartas, nadie puede amar a Dios a quien no ve, si no ama a sus hermanos a quienes ve. Las relaciones de amor se dan con personas, no con ideas, por eso Dios se hace hombre.
¿Con qué te relacionas, con personas o con ideas? ¿Dios es para ti una persona o una idea? ¿Eres capaz de amar a las personas a las que ves?

Este 20 de diciembre celebramos el 4º Domingo de Adviento y leemos Lc 1, 39-45.
De nuevo, el segundo personaje central de todo Adviento, María. Quien viaja para visitar a su prima Isabel, ésta al oír el saludo de María se llenó de Espíritu Santo y la bendijo.
Puede parecernos un texto de transición, sin apenas contenido, para que veamos lo buena que es María al ir a acompañar a su prima o cómo se propaga la noticia de lo que va a suceder, del nacimiento de Jesús.
Pero creo que nada más lejos de la realidad. Lo que en realidad nos propone el Evangelio es, de nuevo, el tema de la fe. Cómo María se fía de Dios y cómo el fiarse de Dios merece la pena, porque sus promesas se cumplen.
Este Adviento se nos ha propuesto todo ese proceso de confianza, un ángel le anunció a María, ésta se fió, y Dios le concede el vislumbrar lo que va a ser el cumplimiento de esa promesa en su prima. En todo el Adviento hay otra figura omnipresente: Juan. Este último domingo no es menos. Juan que nos ha estado señalando a Jesús, entre los hombres, vuelve a señalarlo alegrándose por la visita en el seno de su madre.
La confianza de María es modelo para todos nosotros. No es cuestión de fiarse a ciegas, María sabía de quién se fiaba, aquel de quien se fió merecía que se fiasen de Él.
La cuestión para nosotros es si sabemos dónde depositamos nuestra confianza. Si nosotros también hemos dicho que “sí” a Dios, si nos hemos convertido como nos pedía Juan la semana pasada, Jesús se encarnará en nuestras vidas y “esa” gracia que necesitamos de Dios para que nuestra conversión sea perfecta se nos concederá.¿En quién confías? ¿En qué ha consistido tu conversión? ¿Te sientes preparado para recibir a Jesús en tu vida?

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