Logonuevo

 
 

Este 15 de noviembre celebramos el 33º Domingo del Tiempo Ordinario y la liturgia nos ofrece el texto de Marcos 13, 24-32. Y recoge una enseñanza de Jesús sobre el fin de los tiempos. Sobre el cómo y el cuándo acaecerá.
El evangelio de hoy nos sitúa en el final del año litúrgico y utiliza un lenguaje apocalíptico. Una serie de imágenes que el evangelista utiliza para ponernos en esa tesitura. Tal vez lo más claro sea la parábola de la higuera que nos revela el momento en que acaecerá ese fin de los tiempos. No sabemos el cuándo, pero debemos estar vigilantes y preparados. Dispuestos. Debemos estar atentos a la segunda venida de Jesús. Nadie sabe cuándo. El brotar de las yemas de la higuera nos anuncia la primavera, pero en este caso nos anuncia el fin del mundo. Nuestro mundo tiene un final, pero no supone el fin de la humanidad. La imagen es complicada pero ya se nos anuncia al comienzo de la segunda parte del Evangelio de Marcos con la paradoja de que el que quiera ganar su vida la perderá y el que la pierda por el Reino se salvará.
En cuanto al cómo. Si desnudamos el texto del lenguaje apocalíptico, es sencillo: con el triunfo del Hijo del hombre y de quienes han permanecido fieles a Él. Es un mensaje de esperanza en los momentos difíciles que va a vivir Jesús, que está viviendo la comunidad para la que escribe Marcos, que, salvando las distancias, podemos vivir nosotros hoy. La fidelidad a Cristo tiene su recompensa, aunque no sabemos cuándo la recibiremos.La semana pasada, el óvolo de la viuda nos invitaba a darnos a nosotros mismos, ¿lo vamos a hacer sólo cuando veamos brotar la higuera o siempre vamos a estar vigilantes ante la venida de Jesús?

El próximo 8 de noviembre celebramos el 32º Domingo del Tiempo Ordinario, y la liturgia nos propone el texto de Marcos 12, 38-44.
El texto del óvolo de la viuda. Ya sabes, cuando Jesús en el revuelo del Templo enseña a la gente, pero luego llama a sus discípulos para darles una lección especial. A todos les enseña que tengan cuidado con los letrados, y a los discípulos les hace caer en la cuenta que la viuda que da de lo que necesita, está ofrendando más que quienes dan de lo que les sobra.
Tanto los letrados como las viudas pertenecían a un nivel económico bajo. Pero Jesús se esfuerza en establecer las diferencias entre ambos, por un lado quienes gustan de empavonarse y valerse de la religión para saciar su codicia, y por otro quienes desinteresadamente se dan incluso a sí mismas.
El letrado conocedor de la ley mosaica se esforzaba en cumplir la ley, en su forma, pero no en el fondo, cosa que Jesús les critica una y otra vez. La viuda, sin conocer apenas la ley, conoce el verdadero sentido de la misma, es lo que hoy llamaríamos el sentido de la fe del pueblo. La viuda sabe dar a Dios lo que le pertenece aún a costa de sí misma.
De nuevo, la Palabra de Dios nos quiere dar un ejemplo a imitar a través de las mujeres, esta semana especialmente en las viudas. Viudas que son capaces de depositar su confianza en Dios, que ponen su vida en las manos de Dios, que confían en él como los pájaros del cielo o los lirios del campo.
¿Con qué intención me acerco a la Iglesia, con la del letrado o con la de la viuda? ¿soy capaz de confiar hasta el punto de darme a mí mismo, hasta el punto de poner en juego aquello que es vital para mí?


Este 25 de octubre celebramos el trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario y la liturgia nos ofrece Marcos 10, 46-52.
El texto recoge la curación del ciego Bartimeo. Ya sabéis, ese en el que hay un ciego a la salida de Jericó que al enterarse que Jesús pasaba por allí, comienza a llamar la atención para que le cure. Es de las pocas ocasiones en que el Evangelio nos ofrece el nombre de quien es curado por Jesús, pero también es de las pocas ocasiones en que Jesús dice eso de tu fe te ha curado. Es la última parada de Jesús antes de llegar a Jerusalén. A partir de ahora Marcos comienza a narrarnos lo que conocemos como la Semana Santa.
Lo cierto es que este relato no tiene desperdicio y no sé por dónde empezar. Podemos dejar de lado el hecho de la curación de un ciego en sí misma, todo lo que significa el deseo de ver, de satisfacer una necesidad como la de ver. También podríamos ver un montón de paralelismos y significaciones de este episodio. Y me gustaría fijarme en la actitud.
Bartimeo está al borde del camino, está en el camino y ha tenido que oír hablar de Jesús. Su grito, que la gente que lo tenía por pecador público intenta acallar, es una confesión de fe para los judíos: “Jesús, Hijo de David ten compasión de mi”. El ciego reclama la atención de Jesús. Ante la llamada de Jesús, el ciego deja todo, no sé por qué pero aquí veo la explicación más clara a la parábola del Reino como “Tesoro escondido”. La petición es clara: “Maestro, que pueda ver”, una petición que hacemos menos de lo que deberíamos, porque las más de las veces pedimos hacer la voluntad de Dios sin tenerla clara. Y por fin, el milagro; por la fe, la vista. Luego, la actitud de agradecimiento al seguirle.
¿Si deseo seguir a Jesús soy capaz de dejar todo? ¿mi necesidad es tan grande como para gritar a pesar de la presión? ¿mi fe me sanaría? ¿le seguiría después?

 

 

El próximo 1 de noviembre celebramos la solemnidad de Todos los Santos y la liturgia nos propone el texto de las Bienaventuranzas tomado de Mateo 5, 1-12.
Recuerdo con cariño la tarde en que un profesor me enseñó las Bienaventuranzas con un acrónimo: “posullohammilimpape”. Recuerdo cómo las aprendí de memoria, pero no ha sido hasta muchos años después que he podido entender algo de lo que verdaderamente Jesús nos ha querido transmitir con ellas.
Muchas veces se ha utilizado este fragmento del principio del Sermón de la Montaña, y más en fiestas como la de los Santos, para justificar posiciones de poder y sumisión, ya sabes eso de la falsa resignación cristiana; si tienes hambre aguanta que en el cielo te saciarás, tienes que ser limpio de corazón así podrás ver a Dios, si te persiguen por causa de Jesús tendrás una recompensa grande en el cielo, etc.
Pero creo que la lectura debe ser la contraria: el confiar en Jesús, el creerme lo que me dice, el ser amigo suyo, me lleva a cambiar actitudes en mi vida que, de vez en cuando, como a él, me va a traer problemas, me complica la vida. Pero Dios no me abandona en esa situación, está conmigo y me acompaña en la difícil tarea de seguir a Jesús.
Este texto constituye en principio programático del Reino de Dios, a lo que debemos aspirar. De golpe, asustan, para seguir a Jesús debo ser pobre, sufrir, llorar, tener hambre de justicia, ser misericordioso, limpio de corazón, trabajar por la paz y ser perseguido. Pero pensándolo bien, simplemente se trata de querer el bien para todos, de considerar a los demás como verdaderos hermanos a los que amar. Por eso es un proyecto para todos, no sólo para héroes sino para que cualquiera que quiera seguir a Jesús pueda ser santo.
¿Todavía te crees el proyecto del Reino de Dios o crees que es sólo para santos?

Este Domingo, 18 de octubre, celebramos el 29º del Tiempo Ordinario y el Evangelio está tomado de Marcos 10, 35-45 y recoge el momento en el que los hijos del Zebedeo, Juan y Santiago le piden a Jesús los puestos de honor en su Reino, la indignación del resto de los discípulos y la respuesta de Jesús a unos y a otros.
El tema: el poder y el servicio; un tema que ya vimos hace unas semanas. El esquema: el que llevamos viendo estas semanas; un suceso que después Jesús comenta para los doce. El fondo: el mismo que la semana pasada; aquellas cosas que nos separan del Reino.
Permitidme la franqueza, me encanta este Jesús de Marcos que es capaz de volver sobre el tema, me temo que por la importancia para él del mismo. En esta ocasión ya no utiliza la figura del niño como ejemplo, sino que se pone a sí mismo como modelo a imitar. La dinámica del Reino, la dinámica de Jesús tan es distinta a la nuestra: “el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”, una paradoja incomprensible para nosotros. Un Jesús que tiene para todos, para los que quieren esa situación de privilegio y para los que critican a los que la buscan por envidia.
En la línea de la semana pasada, puede parecerme que “los servicios” que hago me dan derecho a algo, sin embargo el ejemplo de Jesús va más allá, va a “vivir como servicio” sin tener derecho siquiera a decidir quién puede estar a su lado. Jesús comprende ese comportamiento humano de querer privilegios, poder… pero Jesús le da la vuelta, para eso hay que ponerse al servicio del otro.Hoy las preguntas vienen una tras otra: ¿qué hago por los demás? O tal vez nos debamos plantear el tema de la envidia ¿por qué me fastidia que los demás reclamen algo? Porque creo que no tienen derecho o por envida.

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